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Pierre Mouterde sobre proyecto constitucional: “Podemos esperar razonablemente que sea una nueva máquina para aplastar lo social”

Por Gaspar Contreras

Tras una breve visita en nuestro país, el sociólogo Pierre Mouterde realizó un análisis sobre la situación política actual en la que se encuentran los movimientos sociales en nuestro país, que hace unos días vivió la cuarta conmemoración del inicio de la revuelta popular y se prepara para el plebiscito de salida del proyecto constitucional. El canadiense fue enfático respecto a la crisis de representatividad que enfrenta nuestra sociedad, aunque también se mostró optimista al afirmar que el triunfo de la opción ‘Rechazo’ en las próximas votaciones “podría ser una oportunidad para que la izquierda retome la ofensiva”.

Pierre Mouterde es doctor en sociología de la Universidad de Quebec, ensayista, periodista independiente y militante en diferentes organizaciones sindicales, sociales y políticas. El enero del 2020 fue parte de la delegación canadiense de observación de los DD.HH. en Chile, que constató como sistemáticas y generalizadas las violaciones a los derechos humanos en el contexto del estallido social.

El sociólogo y periodista canadiense visitó nuestro país nuevamente hace unas semanas para presentar la reedición de su libro “Los movimientos sociales en Chile (1973-1993)”. El cual aborda la recomposición y expresión de la lucha social durante dos décadas decisivas en la historia chilena reciente, desde el Golpe de Estado hasta la elección de Patricio Aylwin, quien en un principio apoyó la acción de las fuerzas armadas. En esta nueva edición se establece una relación entre las grandes jornadas de protestas de los ochenta y las movilizaciones que abrieron paso al proceso constituyente.

¿Cree usted que desde la izquierda no se supo abordar el álgido movimiento social del 2019? 

Creo que una gran parte de la izquierda no siempre ha sabido tomar la medida exacta de esta conflagración social, de este levantamiento popular, porque revela a su manera todos los difíciles desafíos que la izquierda debe afrontar hoy. Uno de los legados de la dictadura es haber establecido, precisamente a través de la Constitución de 1980, una ruptura, una especie de desconexión radical entre lo social y lo político. El conjunto de los partidos políticos —con algunas excepciones— ya no están en estrecho contacto con la sociedad civil de abajo, con los movimientos sociales y sus aspiraciones, se han encerrado en el papel de expertos institucionales, llamados neutrales y apolíticos, lo que los lleva a convertirse sólo en defensores de un Estado “subsidiario”. En consecuencia esos partidos se convirtieron, más o menos, en seguidores del libre mercado capitalista y de sus implacables demandas. Por lo tanto, estamos viviendo en Chile una crisis muy profunda de representación política, de acción política. Pero, una crisis que afecta a los movimientos sociales —carentes de proyectos políticos comunes y unificadores— tanto como a los partidos políticos, hoy despojados de cualquier base social real. Una crisis que explica precisamente las dificultades de la izquierda (totalmente fragmentada y sin perspectiva estratégica) para gestionar en su beneficio el proceso constitucional desencadenado tras el estallido social.

Durante los últimos días se dictó la sentencia contra un joven detenido en la revuelta, Nicolás Piña, a quien se le sentenció a diez años de prisión, a pesar de su defensa alega que no existen pruebas más que los testimonios de los policías que lo detuvieron. ¿Por qué cree que en Chile aún perdura la prisión política? 

No conozco el caso de Nicolás Piña en particular. Pero, haber sido miembro de una misión de observación de derechos humanos de Canadá y Quebec que vino a Chile del 18 al 27 de enero de 2020 y se reunió en Santiago, Antofagasta y Valparaíso con más de 51 organizaciones de defensa de los derechos humanos, me hizo tomar conciencia en ese momento del alcance de la represión policial y, especialmente, del alcance de los abusos contra los derechos humanos. Al 31 de enero de 2020, había oficialmente 31 muertos, 3.748 heridos (incluidos 427 por lesiones oculares), 9.545 detenidos (incluido 12% niños y adolescentes), 886 casos de uso excesivo de la fuerza, 192 casos de violencia sexual, 463 casos de tratos inhumanos y degradantes. 

En nuestro informe, concluimos escribiendo: “estas violaciones de derechos demuestran que se trata de violaciones sistemáticas y generalizadas de los derechos humanos”, recomendando incluso que no sólo se ponga fin a las detenciones y arrestos arbitrarios, así como al uso de perdigones, sino que también que se emprenda “una verdadera reforma de los carabineros que consiste en democratizar su estructura, supervisar sus funciones y revisar sus protocolos”. 

Sin embargo, desde entonces, aunque un gran número de detenidos del estallido social han sido liberados o amnistiados, no se ha hecho nada para reformar fundamentalmente el cuerpo de Carabineros y garantizar que tales abusos no vuelvan a ocurrir. Al contrario, el parlamento recientemente adoptó en abril la llamada ley de “gatillo fácil”, que permite a los carabineros beneficiarse de una presunción de legítima defensa, abriendo así la puerta a nuevos abusos. Y tal vez el caso de Nicolás Piña puede entenderse como uno de los síntomas crueles de este contexto general.

Desde el Estado de Chile se ha invisibilizado la situación de los más de 400 heridos oculares y las personas que sufrieron distintos vejámenes durante la revuelta ¿Cree que en algún futuro esto podría implosionar de alguna forma o permanecerán excluidos del debate público?

Creo que el estallido social fue la expresión, no sólo de un momento de exasperación social, de frustración generalizada de la sociedad chilena, sino también y sobre todo de un malestar económico, social y político muy profundo. Lo que bien resume el lema: “No son 30 pesos, sino 30 años”, o más precisamente, 30 años de abusos y políticas neoliberales e impunidad recurrente. De hecho, en el estallido social, encontramos en la misma lucha general a todos los movimientos sociales que en los años anteriores se habían levantado, uno por uno, contra las políticas de los sucesivos gobiernos democráticos: movimiento estudiantil, mapuche, feminista, anti-AFP, sindical, de derechos humanos, etc. Y cada uno, a su manera, buscó atacar las consecuencias del neoliberalismo, así como a los efectos de la Constitución de 1980, que continúa, a través de su autoritarismo y conservadurismo, determinando gran parte de la vida social y política chilena.

¿Cuál es su balance del proceso constitucional actual liderado por Republicanos? 

Todavía no conozco el proyecto final propuesto por la nueva convención constitucional controlada por los Republicanos, pero podemos esperar razonablemente —más allá de su envoltorio publicitario y de los esfuerzos del centroderecha por modificarlo— que sea una nueva máquina para aplastar lo social y los derechos políticos de los chilenos. Pienso en particular en la cuestión del aborto o del agua. En este sentido, que sea rechazado masivamente el 17 de diciembre me parece algo bueno. No hay duda de que Chile se quedará entonces con la Constitución de 1980, pero como todos admiten hoy que esta ilegitima y debe cambiarse, esto tal vez permita a la izquierda recuperar la iniciativa y comenzar sobre una nueva base.

¿Qué mensaje de la ciudadanía a la clase política representaría el fracaso de dos procesos constitucionales aparentemente contradictorios en sus orientaciones (uno progresista de izquierdas y otro conservador de derechas)? 

Creo que es la expresión misma de las dificultades políticas que estamos viviendo, no sólo en Chile, sino en todo el mundo. Actualmente asistimos a un aumento del poder de las fuerzas de derecha y extrema derecha que llegan hasta las mismas puertas del gobierno (ver la fuerza de Kast en Chile, el caso de Argentina, Francia, etc.), y a las dificultades de la izquierda para frenar su progresión. Como si la izquierda, paralizada, desorientada, fragmentada, pusilánime, ya no fue capaz de hacerse oír, de tener un proyecto político global —una nueva historia y narrativa de la emancipación— capaz de responder a las exigencias del momento.

Es muy posible que si este proceso constituyente fracasa no exista uno posterior ¿Cómo cree usted que repercuta esto en la ciudadanía y los movimientos sociales en los próximos años?

Por supuesto, hay en Chile desánimo, desorientación y, sobre todo, cinismo —esto es lo más peligroso— que hace que muchos tiendan a huir de la política y considerar que todo el mundo está podrido, corrupto, dejando así vía libre a la extrema derecha que siempre se ha beneficiado de tales contextos. Pero también observo que en Chile hay fuertes tradiciones de izquierda, una importante cultura de igualdad y, sobre todo, miles de iniciativas y actividades provenientes de la base que se desarrollan en torno a aspiraciones colectivas de una mayor justicia e igualdad social. En este sentido sigo siendo optimista y creo que el rechazo del proyecto constitucional de los republicanos podría ser una oportunidad para que la izquierda retome la ofensiva. No olviden que siempre es a través de victorias, por pequeñas que sean, que el movimiento puede avanzar, recuperar fuerzas, y avanzar hacia otras victorias mayores.

¿Cómo podría Chile tomar distancia de la agenda estadounidense y comenzar a tener políticas soberanas? 

Las actividades de conmemoración de los cincuenta años del Golpe mostraron claramente cómo el pasado sigue presente de distintas maneras para muchos chilenos, y cómo debemos ser capaces de entender del pasado lo que nos permitirá cambiar el presente. 

Además, en esta ocasión un amplio público pudo conocer, de manera muy documentada, que rol —activo y determinante— desempeñaron los EE. UU. en el derrocamiento del presidente Salvador Allende y cómo apoyaron dentro el Ejército chileno a un grupo de militares golpistas. Este único ejemplo resalta claramente las políticas de intrusión imperialista lideradas por Estados Unidos y, al mismo tiempo, la dependencia económica que sufre Chile de los principales centros de la economía mundial capitalista. 

Esto demuestra los inmensos desafíos que continúa enfrentando la izquierda. Desafíos que en muchos aspectos se parecen a los del pasado, por ejemplo, a los que tuvo que enfrentar Salvador Allende en su tiempo, pero que ahora tienen que combinarse con temas como la crisis climática y las crisis multidimensionales (económicas, sociales, políticas, culturales, sanitarias, etc.) que afectan a todas nuestras sociedades. En este sentido, es más necesario que nunca que la voz de la izquierda sea escuchada (a través de sus periodistas, intelectuales, artistas, poetas, pensadores, organizaciones sociales, etc.) y que pueda retomar el papel central que pudo haber desempeñado en el pasado: trabajar para cambiar políticamente las sociedades del presente, con el objetivo de la igualdad social y de la emancipación humana.