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Por José Antonio “Réplica” Palma (doctor en historia y educador popular) y Sebastián “Baladi” Muñoz Tapia (DJ, sociólogo y antropólogo)

Durante estos días, se reeditará uno de los discos de hip-hop más trascendentes a nivel artístico, social y político de estos últimos 20 años en Chile: Poblacional, del grupo Salvaje Decibel (SD). Este hito está plagado de significado en el actual escenario de ascenso en la lucha de clases, revuelta callejera y proyectos políticos en plena disputa. Por ello, para comprender su relevancia es necesario ligar sus aspectos musicales y tecnológicos con el proceso de politización de la juventud, considerando el contexto histórico de su emergencia y la vinculación del hip-hop organizado en el campo popular. Así, Poblacional es relevante por la síntesis que se realiza entre lo político, lo artístico y lo digital.

Cuando se lanzó este álbum, el 23 de diciembre del 2007, las cenizas de las protestas callejeras del año anterior aún se mantenían frescas en el aire. La denominada “Revolución Pingüina” hizo tambalear la educación de mercado y los cimientos de la herencia de Pinochet. Los estudiantes, especialmente los secundarios, protagonizaron una movilización nacional inédita desde el retorno a la “democracia”. En ese momento, un grupo de jóvenes de la zona norte de Santiago que se reunían en torno al hip-hop presentaban en el salón principal de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), un disco que, quizás sin proponérselo, trascendía lo meramente artístico, y sobre todo, su propio tiempo. El púlpito por excelencia de la clase obrera organizada del siglo XX, se atiborraba y estremecía con el bombo y la caja del “Wena wachos” y “Casas bajas” que interpretaban sus hijos. Era un presagio a la trayectoria histórica de SD, marcada por la solidaridad tejida con organizaciones populares de Chile y del continente, abarcando matrices ideológicas diversas, desde el nuevo anarco-insurreccionalismo hasta las viejas estructuras rojinegras.

El escenario para la izquierda política era complejo. Luego del fin de la dictadura formal, el último decenio del siglo XX en Chile estuvo marcado por una transición que entronizó a la socialdemocracia y pulverizó a la izquierda revolucionaria. Se comenzó a constituir el nuevo país “reconciliado”, donde la “justicia en la medida de lo posible” afianzaba el neoliberalismo y la desmovilización. Los mecanismos tradicionales de politización en los sectores populares se diluyeron en el tiempo: redes locales, círculos familiares, los partidos políticos de la izquierda tradicional con sus correlatos en el exterior, desaparecieron en la medida que se ensalzaba el neoliberalismo desde la derecha hasta el socialismo gobernante. Pero a la vez, este nuevo modelo económico y social generó brechas y condiciones a nuevas formas de politización. Respecto a esto último, las estructuras de oportunidades comenzaron a reconfigurarse, sobre todo para las y los jóvenes populares, quienes luego de un importante letargo vivenciaron diversas formas de politización.

Desde hace un par de décadas, una de estas formas fue el hip-hop. Corriente artístico-cultural que llegó a Chile en los 80, gracias a una serie de productos culturales que aparecieron en los medios masivos de comunicación, el intercambio de casetes y el aporte de hijos e hijas de exiliados y exiliadas. En Chile el rap caló hondo en una parte de la juventud. Desde experiencias como las de Panteras Negras a Tiro de Gracia, o de Makiza a Rezonancia, el rap era practicado en las clases populares, retornados de clases medias e incluso se transformó en una música de moda. Las primeras grabaciones de rap tuvieron escasos recursos, luego se asociaron a sellos independientes -como Alerce- e incluso gestaron importantes alianzas con sellos transnacionales a mitad de los 90. En los 2000 se inaugura otra etapa: la expansión digital abrió las puertas a una mayor accesibilidad a la música nacional e internacional y a un tipo de producción que cada vez iba adquiriendo mayor calidad. Con computadoras de bajo costo, softwares piratas y el sampleo -menos de vinilo y más de Mp3s, CDs, radios o casetes-, el rap se potenciaba como una de las músicas que más sacaba provecho de las nuevas tecnologías. Casi todo realizado de forma independiente en momentos de crisis de la industria discográfica tradicional. El rap se podía hacer en la casa sin grandes equipos, distribuirse por internet y sin necesidad de sellos o radios.

producciones desde el suelo
sellos solo son un anzuelo
pirañas de duelo
letras mortales como un arma de fuego.
“Solo somos uno”.

Una parte de esta música desarrolló un marcado contenido social, de identidad local-popular, lo que, junto con la simpleza de su reproductibilidad social, potenciaron un proceso de autoidentificación de un sector de la juventud. Y más allá de esto, se empezó a desarrollar una serie de colectivos y coordinadoras que se organizaron en torno al hip-hop. La Coalixion, Hiphoplogía, Agosto Negro y la Red de Hip Hop Activista fueron claves para ir del “mensaje a la acción”. Así, este sector del hip-hop que se autodenominado “organizado”, “político” o “activista”, dio una particular interpretación de esta “cultura” produciendo prácticas de politización singulares. Dado que, por un lado, el hip-hop era una práctica atrayente artísticamente, accesible y que daba espacio para el reconocimiento colectivo y personal, y que por otro lado, este tipo de agrupaciones retomaba la herencia de la educación popular y libertaria o formas organizativas de base -de larga data en Chile-, estos espacios ganaron fuerza y reconocimiento social.

Para muchos estas orgánicas fueron sus primeros espacios de politización, donde se articularon lazos de fraternidad entre diversos cultores de las 5 ramas del hip-hop y las organizaciones sociales y políticas que desafiaban el modo de hacer política propio de la “paz social” concertacionista. Estas características, se orientaron hacia formas organizativas variadas (talleres, foros, conversatorios, conciertos, manifestaciones), además de una floración de numerosos exponentes en todas sus disciplinas (beatmakers, b-boys b-girl, Mc, Dj’s y graffiteros). Todos de la mano con la emergencia de educadores populares y productores musicales que se irán fogueando y preparando a partir de la autogestión, autoeducación y autonomía, pilares de este nuevo movimiento que se fue constituyendo. A la vez, fueron poco a poco tejiendo redes con otros sectores del campo popular, en general asociados a lo que por esos años se denominó como la “izquierda extraparlamentaria”: organizaciones estudiantiles, sindicatos, Centros Sociales y Okupados, estructuras revolucionarias y redes de apoyo a presos políticos.

He aquí un idealista, con ideas listas
Y una tarea convertirlas en realidad misma
Sea como sea la pista
Capitalista le daré pelea
Creando conciencia activista […].
“Wena wachos”.

                En este contexto Poblacional es un disco síntesis. Permitió unir las nuevas formas de hacer política y el uso de las tecnologías digitales en un disco que será recordado por su calidad estética. Salvaje Decibel -junto con otros- se convirtió en uno de los iconos de esta nueva politización juvenil, donde sus propios miembros vivenciaron un proceso autoeducativo y de maduración política. Eran músicos que participaban activamente: organizaron protestas, ejecutaron talleres desde el enfoque de la educación popular, desplegaron AGP, y coordinaron acciones y conmemoraciones con otras orgánicas. Sus integrantes, al igual que muchos de nosotros, sin grandes vínculos con los clásicos mecanismos de esa “política de los políticos”, lograron despertar su conciencia a través del hip-hop y desplegaron prácticas en espacios organizativos que se levantaron en los sectores poblacionales y estudiantiles. Sin categorías sociales puras, ni como héroes ni villanos, con errores y aciertos.

A la vez, este disco leyó la historia musical del rap chileno inmerso en un panorama tecnológico y estético particular. Esta producciónes un paradigma de esas nuevas formas de realización musical, con la particularidad de que los flows y las métricas de la “zona norte” de Santiago se combinaban con letras políticas, beats boom-bap con ecos del Nueva York de los ‘90 o scratch que no eran usuales en el llamado “rap activista”. Poblacional renovó estéticamente a este tipo de rap, lo que ayudó a su popularización. Fue un disco que llamó la atención a las y los politizados, daba un lenguaje y un ritmo a quienes estaban en proceso de politización y, era “vacilado” por  las y los  raperos que -sin necesariamente participar en colectivos, talleres u organizaciones- reconocían en este álbum sus características musicales excepcionales.

Durante la misma década en la que emergió y maduró SD, la juventud popular volvió a ser protagonista del quehacer público. El “hip-hop político” no es sólo una rabieta juvenil, ni mucho menos es sólo “música de protesta”, se convirtió en un movimiento que maduró a la par del despertar social de la sociedad civil. SD se convirtió en una de las expresiones que sirvió para aproximarnos a esta transformación. Rememorar su música, que impregnó de “ritmo y rebeldía” a múltiples luchas del movimiento popular en este nuevo milenio, es la razón a su vez para retratar y hacer un llamado de atención que “ya no sólo basta con cantar (o rapear)”.  Es necesario que el artista tenga un compromiso con la sociedad que lo nutre y lo gesta, tanto arriba como abajo del escenario, y que a través de las más diversas formas de lucha es posible avanzar hacia una sociedad justa y libertaria, donde prime lo colectivo, la solidaridad, el apoyo mutuo y el amor.

quemar el mal, luego sembrar y poder cosechar
transformar el oscuro dolor en deslumbrante color
que el sol alumbre las voces, de calor a la rabia y entonces
lo que te oscurece pueda salir al fin.
“Tengo un sueño”.

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