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Por Francisco Leo

Este lunes, al menos 17 personas han sido asesinadas y 68 heridas por el gobierno en el Departamento de Puno. En medio de una crisis política y social de gran intensidad, la represión desatada por el orden democrático burgués en Perú, cobró muchísimas vidas e hirió muchas otras en solo un día. Cabe mencionar que, desde el 11 de diciembre, cerca de 44 personas han muerto en contexto de lucha contra el Estado Peruano.

El Jefe de Gabinete de la presidente Boluarte señala que continuará la persecución de los responsables del daño económico y de la toma de instituciones públicas. Mientras Boluarte manifiesta en sus entrevistas no tener claridad, supuestamente, de por qué siguen desatadas las movilizaciones del pueblo peruano.

No deja de impresionar como la clase política peruana destituye a Castillo por cargos de corrupción (entre otros), pero no es capaz de destituir y encerrar a Boluarte después de semejante barbaridad. Esto puede tener más de un motivo, uno de ellos, es que las tareas represivas llevadas a cabo por Boluarte son de primera necesidad para mantener el orden democrático burgués y en la realización de ellas, la presidente solo hace uso de sus facultades como jefa de Estado. Otra puede ser el miedo de la misma clase política. Si bien, Perú es conocido por haber procesado a varios presidentes, la caída de Boluarte puede significar un golpe definitivo al orden institucional democrático burgués y transversalmente para quienes lo administran.

Cabe preguntarse ¿cómo en un país democrático puede suceder algo así? Y la verdad es que estos sucesos solo desenmascaran la democracia de los ricos, aquella donde la corrupción pareciera imperdonable, pero la matanza no; aquella donde nuestras vidas no valen más que los edificios públicos, que el funcionamiento de las carreteras o que el valor de las cosas. Y es que la violencia, como herramienta política que puede escalar hasta la matanza, es la que sostiene el sistema capitalista. Por eso hoy no estamos hablando de las armas de la dictadura, de Fujimori o de Pinochet, hablamos de las armas de la democracia, de Boluarte o Boric.

No podemos evitar pensar en la revuelta popular, donde las movilizaciones desbordaron al sistema político total y fue necesario para su resguardo (y el del presidente) un acuerdo transversal entre la clase política para enfrentar las movilizaciones. Frente a la consigna “Que se vayan todos”, si caía el presidente, después venían ellos, así que nos ofrecieron reformar la constitución bajo una serie de normas. Aun así, nos siguieron matando, siguieron modernizando la represión, aumentaron la ocupación militar en Wallmapu, estabilizaron la patética clase política y profundizaron el modelo neoliberal.

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