Compartir

Por Benjamín Bravo Yusta

Un fantasma recorre Chile. Y no es, a diferencia de lo que puedan creer miles de correligionarios conservadores, el comunismo. Es el fascismo. El más gradual y cotidiano de los fascismos.

Primero vinieron por los comunistas. Así quedó de manifiesto tras la oleada reaccionaria que terminó por derribar la candidatura a la presidencia de Karol Cariola a la cámara baja. Trastienda que no hizo más que correr el velo y dejar de manifiesto el anticomunismo galopante que no solo coartó espacios a un sector político legítimo, sino que también abrió la puerta a las amenazas y amedrentamientos que sufrió, por ejemplo, la diputada Lorena Pizarro, presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

El primer paso del fascismo es, siempre, deslegitimar e inhibir las credenciales de quienes pregonan discursos no solamente opuestos, sino también transformadores. Quienes se saben de izquierda, quienes reclaman derechos negados, quienes integraron la revuelta, quienes recuerdan los crímenes de la dictadura. Quienes, en resumen, tienen la insurrecta osadía de recordar las venas abiertas del país y soñar con un horizonte distinto.

Después vinieron por la memoria y la historia. Hace unos días la Cámara de Diputados y Diputadas despachó al Senado la ley de presupuesto 2023. El proyecto fue aprobado, además del apoyo de Chile Vamos y Republicanos, con votos de la Democracia Cristiana y con una moción derechamente antidemocrática. Se le negaron los recursos al Programa de Patrimonio Cultural —que incluye, entre otros, al Museo de la Memoria, Villa Grimaldi y Londres 38— y al Instituto Nacional de Derechos Humanos. El negacionismo se vistió de ley.

En Chile existe un amplio bastión político que considera los derechos humanos como un patrimonio político y no como un consenso moral. Y esta indicación, en caso de aprobarse en la Cámara Alta, supone el cierre de estos programas medulares para cualquier país que quiera llamarse democrático: la constante visibilización y combate de las violaciones a los derechos humanos ocurridas en el ayer lejano y en el ayer más próximo.

Cualquier país que quiera rozar siquiera un mínimo de garantías democráticas debe entender los derechos humanos como política de Estado. Nunca renegarlos, siempre protegerlos. Nunca olvidarlos, siempre recordarlos. Nunca violarlos, siempre practicarlos.

La memoria es historia. Y la historia es identidad. Y un pueblo sin identidad es una pampa lisa y lista para que el día de mañana desfilen fusiles en nombre de la patria, del destino, de la seguridad nacional, del qué se yo. De algo que sea la incuestionable excusa para volver hacer de Chile una gran y extensa zona del crimen.

Y hay que actuar pronto, porque, si no, después vendrán por la democracia. En cuanto siga propalándose con rapidez epidémica el fascismo, no es la política la que está en peligro. No es el gobierno de turno ni la ley de presupuesto. Es la —imperfecta, distante y perfectible— justicia. Es la democracia.

Los sectores antidemocráticos y con hálito de pinochetismo danzan inteligentemente detrás del barniz de la democracia. Llegan a las instituciones que ha erigido la democracia, precisamente, para vapulear la democracia. El deber es desempolvar con acciones una máxima tan histórica como determinante: No pasarán.

No pasarán los negacionistas, no pasarán los discursos de odio, los Team Patriota. Los fascistas. Pero ese es el tema. Para que no pasen, debe haber barreras. Y esa es la voluntad que hoy exigen las circunstancias. La manera más eficaz de avance del fascismo no es la acción de quienes comulgan con él, sino la omisión de quienes permiten su marcha a través de la indiferencia.

El fascismo ya existe. Lo que está en juego ahora es una cada vez más presente naturalización e institucionalización de las políticas que pregonan los sectores fascistas. Y eso no ha de pasar. Hay que hacerlo con toda la determinación política y mediática necesaria. Antes de que Chile sea un desfile de fervores nacionalistas. Antes de que el vejamen sea norma. Antes de que, como dijera el histórico Antonio Gramsci, Chile permita el avance y la toma del “poder a los hombres que solo un motín podrá derrocar”.