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Miguel Krassnoff

A pesar de acumular casi 700 años en condenas por crímenes de lesa humanidad, Miguel Krassnoff no reconoce ninguno. En su cabeza y en sus cartas, él es un héroe; en documentos judiciales y múltiples testimonios de sus víctimas, se trata de uno de los agentes más despiadados que, en la dictadura militar de Augusto Pinochet, integró las filas de los organismos encargados de torturar, ejecutar y desaparecer a los opositores del régimen. En esta investigación están las claves tras la psicología de uno de los militares más sanguinarios de los servicios secretos de Pinochet.

Por Ignacio Kokaly

Estaban vivos. Maniatados y con pesados trozos de fierro amarrados a sus pies, Ceferino del Carmen Santis, Luis Fernando Norambuena y Gustavo Manuel Farías, asumían su destino a manos del exbrigadier del Ejército, Miguel Krassnoff Matchenko.

“El capitán de Ejército procedió, solo, a tomar a las personas. En primer lugar tomó a la persona más adulta de los pies; lo giró hacia la puerta y lo empujó con las manos hacia abajo, hacia el mar”, es parte del escalofriante relato de Juan Guillermo Orellana Bustamante, suboficial del ejército en la época del Golpe de Estado y mecánico tripulante de uno de los denominados “Vuelos de la Muerte”, en el cual se refiere a la muerte del obrero y militante del Movimiento de Izquierda revolucionaria, Ceferino del Carmen.

El testimonio del exmilitar no se detiene ahí. Vuelve a ese día de octubre de 1973 para rememorar la escena donde vio a Krassnoff lanzar a tres personas al mar sin pensarlo dos veces.

Luego, Krassnoff continuó con Luis Fernando Norambuena. “Al segundo sujeto lo tomó de las axilas, lo llevó hacia la puerta y lo tomó de los pies. Lo empujó de la misma manera que al primero”, apuntó Orellana en su declaración al medio digital El Dínamo.

Finalmente, en relación a la muerte de Gustavo Manuel Faría, Orellana se detiene, y expresa que “el tercero, que era el sujeto más joven, lo tomó de la misma forma que al segundo”, dice, dejando entrever el fatídico final.

Orellana y Krassnoff estaban en el mismo helicóptero ese día. Sin embargo, mientras Orellana rememora espantado el incidente, Krassnoff, hoy condenado a más de 700 años por crímenes de lesa humanidad, se mantiene en silencio. “Quiero hacer presente que el oficial de Ejército que lanzó a las personas que se encontraban amarradas, vendadas y vivas, dentro del helicóptero”, culmina el relato del exmilitar.

Los papeles de Krassnoff

En retrospectiva, son los papeles los que envuelven la vida del ex agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y Brigadier (r) del Ejército de Chile. Son todos esos testimonios salidos de entre los pasillos de Villa Grimaldi, directo de la boca de sus víctimas o de sus propios subordinados y colaboradores, que en más de una ocasión se sorprendieron de su actitud hacia la tortura y forma de percibir los cruentos hechos de los cuales la Dictadura de Augusto Pinochet se valió para aniquilar a sus adversarios.

No en vano las instrucciones de Krassnoff sobre qué hacer con los detenidos tras ser torturados, quedaron grabadas a fuego en la memoria del denominado “psicólogo de la DINA”, Osvaldo Pinchetti.

Según consta en la Conferencia firmada por el Ministro de Fuero de la Corte de Apelaciones de Santiago, Miguel Vásquez, Pinchetti era el “Doc”, la primera cara que las víctimas de tortura veían una vez finalizada la cruenta sesión.

De igual forma, el citado documento legal extrae de la declaración del propio psicólogo, fechada el 12 de abril del 2000, que “su misión consistió en asesorar a las brigadas en los interrogatorios de detenidos, en los que su especialidad fue el tratamiento de hipnosis”, dicta el escrito de más de 600 páginas, que se encarga de recopilar las violaciones a los Derechos Humanos en Villa Grimaldi.

Sin embargo, quien tuvo la idea de iniciar con esta suerte de estrategia de encubrimiento no fue Pinchetti, sino Krassnoff. Al menos así lo aseguró el Doc, quien, en su declaración del 23 de agosto del 2000, junto con ratificar el uso de hipnosis en presos políticos, reveló que “Miguel Krassnoff, comandante de la brigada Caupolicán, le dio la instrucción de hipnotizar a los detenidos de Villa Grimaldi para que olvidaran los malos tratos recibidos”.

Lo anterior no se enmarca en el detalle de las técnicas psicológicas aplicadas a los detenidos, sino en las sesiones de tortura. Conforme avanza su declaración, Pinchetti reconoce que en ese momento “descubrió dos somieres, en los que se amarró a los detenidos para aplicarles corriente, a medida que los interrogaban, tortura que era denominada ‘La parrilla’”, dijo el psicólogo detallando el uso de este artefacto para la tortura de presos políticos en Villa Grimaldi.

De lo descrito sobre Krassnoff en palabras de quienes lo conocieron, hay de todo. Desde descripciones de reuniones donde se discutía cómo se desharían de los cuerpos acumulados en el centro de detención, hasta el incidente en que Krassnoff golpeó a un detenido con un sartén que contenía huevos “por darle mal una información”.

Mientras, en las palabras que se plasman en su historial procesal y judicial, el concepto que más se repite tiene que ver con su rol dentro de la DINA  y la Central Nacional de Informaciones (CNI), siendo el delito de “secuestro calificado”, el que, conforme se indica en un estudio realizado por el Observatorio de la Universidad Diego Portales, hasta el año 2013 se mantenía como el delito que más años sumaba a su condena.

Hasta esa instancia los documentos concuerdan. La realidad se distorsiona cuando se comienza a avanzar hacia los recovecos de la mente del ex agente. Ahí, todo lo hecho tiene una justificación para él.

A pesar que todos los documentos estén en su contra, la serie de cartas escritas por Krassnoff en el tiempo más reciente, y particularmente dirigidas a los exministros que llevaron diversos casos que se le imputan, se ha convertido en material para reconstruir la negación y el nivel de dogma que al día de hoy le hacen renegar los casi 700 años de condena que acumula a la fecha.

Perfilando a un convicto

Hijo de Dhyna Martchenko Chipanoff y Simón Krassnoff, la historia del ex oficial está envuelta en balas y gritos de guerra. De su padre poco se sabe, excepto que se trataba de un militar cosaco en territorio austriaco, apresado y entregado a los soviéticos cuando la estrategia de apoyo a las tropas hitlerianas de dicho frente fracasara. Miguel Krassnoff llegó a Chile en 1946 a corta edad, junto a su madre.

En sus cartas dice estar, en esencia, orgulloso de su patria, y de cada “acto de servicio”, como así lo denomina, realizado para el Régimen militar. Sin embargo, lo cierto es que Miguel Krassnoff no tiene una patria que admirar. Con sus antecedentes, el certificado de nacimiento del ex agente aún inscribe “apátrida”, y por más que el concepto sea difuso, lo estipulado en papeles, en declaraciones, incluso en las misivas propias, indica un solo diagnóstico: A falta de una patria oficial, Miguel Kassnoff se fabricó una. Asumió muy bien su identidad, como si fuera el argumento válido para cometer todos los delitos y crímenes de lesa humanidad que tendrían su acontecer en años posteriores.

El perfil del exmilitar, quien actualmente cumple su condena en el penal de Punta Peuco, se ha convertido en un caso de estudio desde la arista psicológica. Mónica Echeverría, escritora y activista en contra de la dictadura de Augusto Pinochet, en su libro Krassnoff, Arrastrado por su Destino, describe crudamente las sesiones de tortura lideradas por el brigadier (r), reconstruyendo su posición hacia estos actos.

“Mirada inquisidora, fría, calculadora, provocadora (…) Establece durante los interrogatorios el diálogo, discute y contra-argumenta refutando de manera despectiva cuando no está satisfecho con la respuesta (…) Pone las cartas sobre la mesa: lo que sabe y lo que busca. Anuncia la tortura inevitable, expresando disgusto por su aplicación, pero fundamentando la necesidad de ella. No pierde la oportunidad de hacer ver al prisionero su condición de derrotado, de sometido a sus arbitrios y designios”, es parte del brutal relato sobre la actitud que Krassnoff tenía con sus propios subalternos y detenidos en Villa Grimaldi.

Lo descrito por Echeverría no dista de lo expresado por Miguel Krassnoff en una misiva dirigida al abogado y exministro de la Dictadura Militar, fiel defensor de esta, Hermógenes Pérez de Arce.

Fechada el 8 de enero de 2018, la carta se contextualiza en el juicio contra Krassnoff para esclarecer los hechos circundantes a la muerte del exdirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), Miguel Enríquez.

En la recopilación legal de las pruebas en la acción jurídica iniciada por el Ministro en Visita, Mario Carroza, se establece la responsabilidad de Krassnoff en el asesinato de Enríquez.

En detalle, el documento emitido por el Servicio Médico Legal (SML), establece que “la causa de muerte son las heridas de bala facio-cráneo-encefálicas. Un proyectil penetró por el ángulo interno del ojo izquierdo y salió por el lado derecho de la nuca, el otro penetró por la mejilla y quedó incrustado en la parte alta de la columna vertical”, se describe en el documento, además de establecer una serie de disparos en la región del abdomen. Los indicios para describir que se trató de una ejecución a sangre fría se hallan al final del escrito, donde se señala que “se trata de disparos estimados de larga distancia en Medicina Legal. Las lesiones son necesariamente mortales, habiendo producido la muerte en no más de cinco minutos”; todo luego de una extensa sesión de tortura que habría sido presidida por Krassnoff.

Menos de cinco minutos se convirtieron en diez años más de condena contra el brigadier (r) por su participación en calidad de autor del homicidio del exdirigente del MIR.

Krassnoff aún no reconoce los cargos. Al menos así lo dejó entrever en el citado documento emitido por el propio exmilitar.

En la carta dirigida a Pérez de Arce, en lo relativo al fallo condenatorio, Krassnoff inicia agradeciendo al abogado por una defensa realizada por este a su caso. El trasfondo de la conversación se construye sobre el dialogo entre un negacionista y un criminal condenado por haber participado en los hechos que representan las viejas heridas abiertas, aún sangrando, de Chile.

“Hoy estoy privado ilegalmente de mi legítima libertad desde hace 18 años por servir a Chile sobre la base de ridículas ‘presunciones’ a las que han arribado algunos integrantes de nuestro Poder Judicial, teniendo exactamente las mismas falacias, hipocresías y cobardías como las que ha esgrimido este juez en este caso. Inaceptable. Sin duda que los innobles objetivos políticos que persiguen ciertos individuos en pos de una venganza sin límites por su derrota tienen una fuerte influencia en todo esto, contando con la complicidad pasiva o activa de las autoridades encargadas de impedir esta barbarie (…)”, se escribe en parte del documento.

Quiso pasar de victimario a víctima. Remando contra la verdad establecida por sus víctimas e incluso la de sus comandados, Miguel Krassnoff parece haber construido un mundo de fantasía donde todos los hechos suscitados se justifican, donde aún existe una guerra.

Luego, la fantasía de Krassnoff continúa conforme vuelca la tinta sobre el papel. “¿Sabe Don Hermógenes que con resoluciones como las adoptadas por esta suerte de juez en el caso que nos convoca, queda la impresión que yo combatí contra fantasmas y que nunca tuve un adversario al frente que me trató de asesinar innumerables veces?”, suelta la pluma del exmilitar.

Los motivos de esta postura difícilmente pueden ser comprendidos cuando todo lo que está escrito en lo pertinente al caso apunta a lo contrario. Y es que no se trata de comprender la conducta de Krassnoff, sino su mente, donde es posible sumergirse a través de los escritos que salen desde su celda en Punta Peuco.

Krassnoff en el Diván

De alguna forma, si antes Krassnoff figuraba lanzando personas maniatadas desde un helicóptero, pues hoy está silente en su celda. Reescribiendo a sus viejos fantasmas, en cartas donde se pinta un universo que bien podría pertenecer al realismo mágico, pero que, en la práctica, impacta con la realidad y se quiebra en mil pedazos.

Antes de sentar al exmilitar en su diván, Karen Beros, integrante de un equipo de psicólogos en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, se pregunta por qué él; por qué entre tantos convictos con amplio prontuario criminal en materia de Derechos Humanos es una carta de Krassnoff la que se encuentra entre sus manos.

La respuesta es sencilla, pero no por eso menos compleja. Se trata del único que es posible analizar. De alguna forma, sus cartas reflejan lo que hay en su mente, ese universo descolocado donde él no es un criminal, sino un héroe perseguido por sus adversarios hasta el día de hoy.

De todas formas, Beros advierte: Krassnoff no está loco. De estarlo, no se encontraría encerrado en una prisión, sin embargo, sí presenta varios rasgos que lo convierten en todo un caso de estudio.

Lo primero, es asumir que las ideas de Krassnoff jamás van a cambiar. Sus ideas ya se han sometido al proceso de cristalización, ese concepto psicológico para definir que una idea, en lugar de poder ser reflexionada y analizada, se arraiga en la mente del sujeto. Una cuesta donde el sentimiento englobado por ellas solo se intensifica conforme pasa el tiempo.

Asimismo, Beros vuelve a sumergirse en los escritos, y en seguida detecta lo evidente: Rasgos de psicopatía.

Descrito como frío y calculador, que disfruta de hacer “el trabajo”, Krassnoff, antes que enfocarse en la tortura física dentro de Villa Grimaldi, comenzó a jugar con la mente de sus víctimas. El sartenazo de páginas previas es prueba de ello, se trata del simbolismo, antes que el dolor por el dolor.

El primer indicio, y el más evidente dentro de la forma de comportarse es la falta de empatía, unida a la disociación entre los valores de la sociedad y Krassnoff, en un ambiente que solo se dedicó a potenciar dichas facciones.

De esta forma, es posible analizar al exsoldado desde la perspectiva de la psicología social. Beros define la vida de Krassnoff, el hecho de haber estado inserto en el ejército, su tormentosa historia familiar, y todos los rasgos psicológicos previamente descritos como un “caldo de cultivo” para que se convirtiera en el criminal que es hoy.

La psicóloga identifica la palabra “apátrida”, escrita hasta el día de hoy en el certificado de nacimiento de Krassnoff, como un estigma. En estricto rigor, Krassnoff no pertenece a ningún lado, y en busca de ese sentido de pertenencia, Chile y su ejército se convirtieron en ese espacio al cual pertenecer virtualmente.

Lo anterior logró que, con la intención de sumirse en el concepto de “la patria”, y ser validado por sus pares, Krassnoff entró en un perverso juego, donde solo ejecutando los crímenes más atroces podría ganarse esta validación. Ante sus ojos, entre más torturaba, más chileno y más digno de su legado militar se tornaba.

La mejor arma del exbrigadier contra su propia mente fueron sus mecanismos de defensa. La escisión, esa capacidad de separar a los individuos entre buenos y malos, con todas sus implicancias, le sirvió de justificación para llevar a cabo las sesiones de tortura sin sentir un ápice de empatía.

Cuando Krassnoff miraba a sus víctimas, no veía sujetos atados de manos e indefensos, veía enemigos poderosos e implacables que, aún en su condición, amenazaban los más valioso que el oficial tenía en su vida: Su identidad.

De la misma forma, esto mismo le ayudo a sostener hasta el día de hoy su guerra interna. Por eso, en sus cartas se lee cómo deja entrever una venganza en su contra por parte de los mismos “enemigos” que un día dijo combatir.

Incluso en su celda, Krassnoff no está solo. Lo relevante en sus cartas no es solamente el contenido, sino también el destinatario, y es que, en el escrito enviado al abogado y ex político de la dictadura, Hermógenes Pérez de Arce, se deja al descubierto el principal apoyo de Krassnoff en su retorcido mundo.

Ahí, sentado y escribiendo en el solitario, están las ideas que reflejan las viejas heridas aún sangrando de Chile. Psicológicamente hablando, si Krassnoff jamás se hubiese cruzado con el reducido círculo que hoy solventa sus ideas, el pensamiento de este jamás hubiese llegado al papel.

Eventualmente, Krassnoff morirá, y antes de cumplir los más de 700 años de condena que se le han dictaminado, pero las cartas seguirán ahí, hablando por él, perfilándolo en silencio.