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Por Camilo Godoy Pichón

La película de Maite Alberdi ha generado varias reacciones positivas. Realizada desde el género documental, se propone seguir la investigación de Sergio, un adulto mayor que se ofrece para espiar un hogar de ancianos, en busca de huellas de maltrato, abusos o negligencia hacia una adulta mayor residente, y contratado anónimamente por la hija de ésta.

Desde el punto de vista técnico, se nota el énfasis en el estilo a nivel audiovisual por cuestiones como la saturación de los colores y la elección de “personajes”, dentro de quienes forman parte del relato. Ambos son elementos constantes en la obra de la directora.

El ritmo del relato es entretenido, pero a ratos un poco dormilón. Mucho ha hablado la directora sobre la “soledad” que viven los adultos mayores, mas hay poco espacio en el documental para hablar sobre cuestiones estructurales: por ejemplo, el abandono de las familias, ¿a qué se debe?, ¿cómo se combate? ¿Cuáles son las precariedades que esconde dicha soledad? ¿Acaso todo se resuelve a nivel familiar?

Trailer oficial

Ya había escrito el sociólogo Norbert Elías en su libro La soledad de los moribundos (1982) al respecto. Señalando cómo los adultos mayores serían los excluidos, a los que se lleva a instituciones para “apartarlos” del ciudadano normal, de mediana edad y funcional. En este intento higienizante de la sociedad moderna por disciplinar y ponderar el valor de las personas según su rendimiento.

Poca denuncia de estas cuestiones se ve en la película. Está bien; no está en las intenciones de la autora hacer “teoría política”, como ella misma señala, pero las premisas éticas de esta producción son un poco confusas. Por una parte, Alberdi denuncia que personas de 80 años deban trabajar y por otra, realiza un documental, utilizando como informante clave a un adulto mayor de 84 años, llevándolo a apartarse 3 meses de su familia -pese a que exista consentimiento en ello-.

Si bien la autora consigue momentos vívidos y auténticos, cosa que se agradece en el empaquetado cine chileno, el pie forzado pareciera ser un cierto lugar snob desde donde mirar lo que ocurre. Se realizan planos detalle repetitivos a los santos de la capilla del Hogar. Se expone, un poco predeciblemente, el desgaste de sus rostros, la pintura mal acabada. Así mismo, a ratos se expone a los “viejitos”, como ella misma dice. Como una especie de relato pintoresco, soso, listo para servir y calentar en las estanterías de Hollywood o San Sebastián.

Esta es una obra estilísticamente bien hecha -sobre todo por los protagonistas de edad-, pero socialmente poco profunda. Donde las preguntas que podrían hacerse se responden desde lugares comunes: mostrar el show que “los viejitos” recrean en el hogar. El rey y la reina. Como si la vejez chilena, tan abandonada por las políticas neoliberales, consumida en el pago de míseras pensiones básicas solidarias de sólo 100.000 pesos mensuales, se pudiera exponer como en una feria de artesanía o en una película de Kusturica. Un objeto kitsch, como si la autora en cuestión estuviera arriscando la nariz mientras mira esa pintura mal elegida, el desvarío cognitivo o a los abuelos que suenan sus mocos en la chaleca. Mucho mal gusto, pero muy bonitamente pintado.

Como resultado, hay momentos bellos, pero una realización poco honesta. Gracias a la generación de Lelio y Larraín, el cine chileno viene separando hace rato el discurso de la obra misma. Así entonces, uno puede ser bestialmente inescrupuloso y oportunista al elegir un casting de una mujer transexual, pero dándoselas de progre en un discurso que incluso en las entrevistas se revela como poco articulado, improvisado, mentiroso. Hecho a la rápida para “parchar” o camuflar más o menos sutilmente la búsqueda ansiada de un lugar en los festivales – ¿para qué, si no dejar los créditos en inglés? -.

Así como cabe preguntarse cuánto exponer emocionalmente a un protagonista de la tercera edad por conseguir un buen producto visual, queda por resolver también cuál es la implicancia ética de poner como rostros televisivos a un hogar de ancianos de la comuna de El Monte. O qué tan distinto es ese acto mismo del de ofrecer frutas del Valle Central o paltas de Petorca, para gusto del Primer Mundo.

Reírse de la dinámica del hogar de ancianos que se muestra y a la vez promocionarlo: ¿puede haber algo más cool que eso?