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A 34 de la Emboscada a Pinochet

Por Michelle Ribaut

La historia la cuentan los vencedores. Y los vencidos, debemos hacernos los espacios necesarios para hablar de nuestra historia, esa que ha sido acallada por tanto tiempo. El 7 de septiembre de 1986 pudo significar un giro radical y profundo en nuestras vidas, en nuestro país. Pero no fue así, algo falló, y no fue precisamente la voluntad, eso había de sobra.

Aquél grupo de hombres y mujeres, iban a dar su vida por una causa no solo justa, sino que necesaria: acabar con la vida del genocida Pinochet. Esto impulsaría al pueblo a perder el miedo, rebelarse y tomar el poder.

Para quienes rememoramos aquél día y para quienes lo planearon, la palabra que lo califica es, emboscada o ajusticiamiento, así, sin matices; los medios de comunicación oficiales, cómplices y serviles, lo llamaron atentado, pero ¿Cómo podemos llamarlo así cuando el fin último era la liberación de nuestro pueblo?

Los atentados, por su parte, se caracterizan por su carácter terrorista, en el sentido de causar horror a una población determinada en forma sistemática. El frente jamás fue terrorista, y en esto soy tajante, ya que precisamente su objetivo era defenderse del verdadero terrorismo: El de Estado; entregando herramientas al pueblo para su liberación.

Siempre han querido revestir la historia de la resistencia con un carácter terrorista, porque esta es peligrosa para el poder y para quienes se perpetúan en él. Es más fácil tener a una población atemorizada, dócil, para mantener su modelo de hambre.

Algo muy relevante que confirma este acto es que  para la dictadura fue fácil asesinar, violar, torturar, cuando no existía ni siquiera una oportunidad de defensa y lucha. Pues bien, ese 7 de septiembre, los verdugos se vieron obligados a saltar del risco por temor, no fueron capaces de soportar el enfrentamiento, porque lo que ellos hacían bien, era estar en desigualdad de condiciones. Cuando se vieron sobrepasados por este reducido número de combatientes, simplemente no fueron capaces, así como el cobarde tirano, decidió protegerse con el cuerpo de su nieto.

Este revolucionario acto, significó que las fuerzas socialdemócratas y fascistas del país, aceleraran la salida pactada, y quitaran del escenario a quienes realmente querían cambiar Chile, engañando al pueblo bajo la falsa consigna de la alegría. Pero luego de ese 5 de octubre, recuperamos el derecho a voto, no asi la alegría, ni mucho menos una sociedad distinta. De hecho la concertación se encargaró de perfeccionar y profundizar el modelo y, por otro lado, de perseguir a quienes no siguieran esa línea, tomando presos, matando, excluyendo, nuevamente, a la resistencia popular. No es casual que ahora, en el 2020, existan más de 1000 presos políticos de la revuelta y esté en aislamiento y constante tortura, Mauricio Hernández Norambuena, “Ramiro”, quién fue uno de los fusileros en la emboscada a Pinochet.

Hoy, cuando existen diversos movimientos populares y fuerzas transformadoras, emanadas de la lucha callejera, recordamos aquel 7 de septiembre, como un acto humano y revolucionario. La historia está en las manos del pueblo, aunque se esmeren por acallarlo, la historia se construye por hombres y mujeres que entregan su vida día a día, ya sea en las calles, habiendo perdido ojos e incluso la vida; en las poblaciones con las ollas comunes, en las barricadas, y en este deseo imperioso de la toma del poder. Aquel 7 de septiembre, nos viene a recordar que el pueblo unido y organizado, jamás será embaucado, ni vencido.