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Kill Pinochet

Por Michelle Ribaut

Hace unos días, con mucha ilusión vi que fue liberada la película Matar a Pinochet. Mi ilusión radicó en la creencia sobre la necesidad de nuestra memoria histórica y la importancia de conmemorar a la resistencia contra la dictadura que existió en nuestro país.

Luego de ver la película comenzó el trago amargo y la reflexión que hoy plasmo en estas líneas. Debo decir que a los días me enteré que no era la versión final, al menos en términos de postproducción, ya que fue liberada sin permiso de la producción.

La película comienza con este cartón “basada en hechos reales”; utilizando, chapas, nombres reales y locaciones -con un gran presupuesto, por lo demás– nos predispone a ver un trozo de verdad y memoria de nuestro país. Un gran desafío.

Durante todo el film, muestra a una protagonista, Tamara, y personajes relevantes como Ramiro, Sacha y Ernesto, entre otros. El propósito es contar cómo se realizó la emboscada al tirano, pese a que, según mi opinión, la película no logra abordar, ni en términos emocionales ni explicativos, las causas de dicha osadía.

Luego de verla, quedé con una sensación de frustración profunda. Si el deseo de este film es  aprovecharse de una temática, creo que al menos se deben a la verdad, a la rigurosidad de la investigación histórica y a la utilización de testimonios.

Al final se aclara que ese “basado en hechos reales” está inspirado en el exitoso libro Los fusileros del periodista Juan Cristóbal Peña, texto que por lo demás tampoco es confiable en términos históricos, ya que no incluye todas las voces de familiares, ni todas las perspectivas. Además, al pertenecer al género del periodismo novelado, el libro contiene diálogos inexistentes y situaciones ficcionadas, lo cual no critico si es que estuviera sinceramente explicitado y planteado al lector desde el comienzo. En efecto, siempre me he preguntado cuál fue la intención del autor al tergiversar material judicial, evitar la incorporación en su trabajo de la gran red de testimonios existente y obviar ciertos momentos de la historia. Como un primer llamado a la ética, este sería un buen momento para preguntárselo.

Continuando con el film, pero teniendo como referencia el libro citado, es evidente la escasa o nula investigación que el realizador hizo sobre el tema, lo que a mi parecer, es revelado en la insuficiente construcción de los personajes. Una mínima investigación lo habría llevado a algo tan básico como que dentro del FPMR jamás se trataban como comandantes, por ejemplo. Este tipo de detalles o posibles negligencias, me hacen pensar hasta qué punto es aceptable querer transformar un momento de nuestra historia reciente en una versión Hollywood, pasando por alto la seriedad y responsabilidad que implica realizar un cine “basado en hechos reales”.

Me pregunto si el equipo se encargó de hablar con familiares de los y las protagonistas, y de conversar con los participantes de la operación que aún viven. Sobre todo me lo pregunto en el caso de Ramiro (Mauricio Hernández Norambuena), quién en una escena, al menos curiosa, pregunta a Tamara si habrá valido la pena la lucha. Le informo señor Sabatini que Ramiro, se encuentra preso en la Cárcel de Alta Seguridad en Chile, hace casi un año, luego de una cuestionada y poco legal extradición, donde nuevamente fue condenado a 27 años, sin considerar los 17 largos años sometido a un régimen de aislamiento cruel e inhumano en Brasil.

Si para el realizador y los guionistas, para referirse y dar cuenta del FPMR es necesario incluir las palabras bomba, bala o comandante cada tres frases, déjenme decirles que me siento profundamente decepcionada, pues a lo largo del film me pareció más bien estar viendo un spot publicitario que una película “basada en hechos reales”. La ausencia de contexto histórico agrava la displicencia por la profundidad del análisis, pues si cualquier extranjero o alguien que no conoce la historia de la dictadura chilena se encontrara con esta película, ni siquiera podría entender o conocer las razones que existieron para organizar la emboscada al tirano. Me podrán decir que es ficción o que no es el corte acabado, y aún así el problema se mantiene: el problema de fondo es el enfoque y para solucionarlo, tendrían que grabar la película nuevamente.


Acá viene lo más grave según mi entender, y que de nuevo atañe a Ramiro, Mauricio Hernández Norambuena, y es la acusación sin pruebas de que asesinó a uno de los traidores al interior del Frente, Bigote. Me parece de una gravedad brutal, todavía más cuando se conoce que Mauricio ha declarado como TESTIGO dos veces en esta causa que, por lo demás, se encuentra abierta. Me pregunto con qué intención decide esto el director, al igual que Peña en su libro. Aunque esta película va más lejos, pues no sólo le da muerte, sino que hace desaparecer su cuerpo en el mar. Es curioso que un rodriguista haya usado los mismos métodos que la tiranía, ¿no les parece un mal chiste?

Es ficción, estamos de acuerdo, pero si al comienzo el film se declara basado en hechos reales, es posible que el espectador no haga el ejercicio de cuestionar la veracidad de los hechos que le muestran, y eso corresponde a una falta de ética impresentable por parte del realizador. En ningún caso puede ser más importante un “cierre épico” que la verdad y la responsabilidad. El dinero y el impacto, no lo es todo en la vida colegas.

Sabemos que el cine que es una poderosa herramienta de construcción de realidades. Sólo basta recordar “Nacimiento de una Nación” y las consecuencias que trajo para toda la comunidad afrodescendiente en Estados Unidos. Por tanto, el cine sí tiene responsabilidades políticas, el cine sí toma partido y sí puede construir imaginarios peligrosos, incluso acusar a alguien de asesinar y hacer desaparecer el cuerpo.