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Cristián Fuentes Pardo

Instituto de Estudios Críticos

En diciembre de este año la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) cumplirá 20 años de existencia. Su nacimiento no podría haber sido de otro modo. La quema de camiones en Lumaco el año 1997 marcó, literalmente a fuego vivo, a la que vendría a ser, hasta el momento, la organización mapuche más importante de la historia reciente.

Naturalmente, la CAM divide aguas tanto dentro como fuera del movimiento mapuche. Su radicalidad (no lo decimos de manera peyorativa) basada en la acción frontal y directa contra los usurpadores de tierras y territorio, no puede producir una reacción o sensación distinta. La rebelión contra los opresores, sean estos de cualquier naturaleza (incluso electos democráticamente) es un derecho político (y un deber moral) inalienable, y precisamente por ello que la CAM, con sus métodos, objetivos y discurso, produce tantas complicaciones en el sentido común de todos quienes habitan este país llamado Chile, y que reconocen los incalculables abusos de los cuales ha sido víctima nuestro pueblo ancestral.

Aún más importante que la CAM, o que Weichan Aukan Mapu más recientemente, es el efecto político que las acciones de Lumaco (y las cientos que le han seguido) han producido en la historia presente de quienes reivindican sus derechos sobre la tierra. La CAM no solo inauguró una forma de lucha determinada, sino que, ante todo, logró instalar un dinámica de lucha que, a pesar de lo que diga el gobierno y la derecha, se viene mostrando claramente exitoso. Si, exitoso. Las Comunidades Mapuche se han multiplicado mediante el uso legítimo de la fuerza, ya sea por la ocupación directa de predios usurpados por familias latifundistas y/o por empresas capitalistas (las que de paso destruyen el equilibrio natural de las zonas), y han entregado al pueblo mapuche más tierras que cualquier política de “reparación” concertacionista o derechista (no hay mucha diferencia entre uno y otro, ciertamente).

Algunos incautos pensarán que es la CONADI el instrumento que viene resolviendo las demandas de tierras de manera gradual, cuando en realidad su -mediocre- actuación es en verdad producto de la presión mapuche que se posiciona frente al Estado. Los distintos gobiernos, verdadera política de Estado, vienen actuando de la única manera que a lo largo de la historia lo ha realizado: instalando políticas dilatorias, inocuas, mientras reprime a dirigentes y representantes del pueblo-nación. Las disculpas de Bachelet, acompañadas por la reciente represión contra dirigentes públicos mapuche, demuestran elocuentemente la inexistencia de una voluntad franca de resolver los problemas objetivos que hoy se presentan en el Wallmapu.

Estado colonial y racismo parecieran ser dos conceptos ajenos a la realidad de un “país OCDE” en pleno Siglo XXI. Pero así es. Tenemos en este país un territorio colonizado por la fuerza, sin reparación alguna ni reconocimiento de las brutalidades cometidas contra su población originaria, al mismo tiempo que vemos la segregación social, política, económica y cultural extremada en la zona con peores índices de calidad vida de todo el territorio “chileno”. En política no hay casualidad, solo causalidad. Las causas verdaderas de las condiciones de vida de la población chilena y mapuche en el histórico y ancestral Wallmapu, rico en recursos naturales, se encuentran contenidas en un solo gran concepto: racismo. No debemos temer a decirlo. Chile se convierte cada vez en un país más racista y xenófobo. Los aires de éxito que contrastan radicalmente, por supuesto, con las tasas de desigualdad, precariedad laboral y pobreza cultural, han agudizado un sentimiento de superioridad muy propio de aquellos pueblos traumatizados por su miseria material y moral.

La CAM dio vida no tan solo a una forma de lucha, la más exitosa en tanto recuperación de territorio e identidad, sino que también puso un nuevo acento programático, un contenido aún abierto al debate que antes no se hallaba presente con tanta fuerza: la liberación nacional. A la consigna de “autonomía y territorio”, se ha venido incubando una demanda aún más profunda y significativa: la independencia. Cuestión problemática y tremendamente ausente en la historia de la moderna república pero enormemente latente en el mundo inmediato. Solo observemos a los catalanes como se presentan desafiantes frente al Estado español en este preciso instante o a los kurdos que combinando armas y urnas consolidan, también en este mismo momento, décadas de lucha por su independencia nacional. ¿Qué le depara a la CAM o al movimiento de liberación nacional mapuche?. Sin duda, ante la arremetida represiva y la falta de voluntad de diálogo inclusivo y democrático, solo se puede perfilar en el horizonte un camino de más lucha frontal.

El Estado no comprende lo obvio: como resultado de cada jugada represiva, lo que en verdad está produciendo es, sencillamente, acelerar la derrota en una guerra que jamás pudo ganar. 

 

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