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La implacable ofensiva del Gobierno ultraconservador israelí en Gaza ha suscitado comparaciones con características propias del fascismo. La magnitud de la destrucción y el sufrimiento, así como las impactantes cifras de víctimas, sugieren similitudes con prácticas autoritarias. Con cerca de 30.000 muertos, incluyendo 10.000 niños, y un alarmante 90% de víctimas civiles, la Franja de Gaza se encuentra al borde de la catástrofe con millones de desplazados, infraestructuras médicas y sanitarias devastadas, y la amenaza inminente de hambruna y epidemias.

La actuación de la entidad israelí resulta inaceptable e imperdonable. A pesar de que la comunidad internacional ha expresado su repudio ante estas flagrantes violaciones de los derechos humanos y la dignidad de un pueblo sometido a una masacre despiadada, la dolorosa realidad es que las acciones de la mayoría, especialmente las de los Estados occidentales, son nulas o abiertamente favorables a Israel, especialmente por parte de la OTAN y los Estados Unidos. Esta realidad contrasta de manera significativa con la solidaridad extensa y masiva que se ha manifestado en los pueblos, donde la respuesta ha sido mayoritaria y profundamente solidaria.

La escalada de violencia genocida llevada a cabo por el Estado sionista no puede considerarse como un hecho aislado ni como el resultado de la locura de unos pocos sectores extremistas en el poder. Por el contrario, es el resultado de una política calculada que busca generar máximo terror y conmoción para alcanzar sus objetivos expansionistas. La destrucción de Gaza y la expulsión de su población no son más que pasos hacia la realización del proyecto imperialista de un Gran Israel, que no solo abarca los territorios históricos palestinos, sino también la Península del Sinaí, parte de Jordania (occidental), el sur del Líbano y los Altos del Golán (Siria).

El respaldo político y económico que recibe Israel de parte de Estados Unidos y la Unión Europea es fundamental para que esta masacre continúe sin tregua. Las condenas verbales y las llamadas a una operación más “quirúrgica” por parte de algunos líderes occidentales caen en la hipocresía cuando se mantienen acuerdos y negocios con Israel, permitiendo la exportación de material militar para aplastar al pueblo palestino.

El papel desempeñado por el Gobierno estadounidense, que garantiza anualmente miles de millones de dólares a Israel y acaba de aprobar una nueva partida para sostener la ofensiva militar en Gaza, es particularmente grave. Este respaldo financiero y diplomático convierte a Estados Unidos en cómplice de un genocidio que podría detenerse si así lo decidiera. La Unión Europea, por su parte, ha carecido de coherencia al mantener acuerdos y negocios con Israel a pesar de sus declaraciones de condena. La verdadera fuerza para poner fin a esta masacre y presionar a los gobiernos cómplices desde adentro radica en la solidaridad internacionalista de la clase obrera y la juventud, que se ha manifestado a través de movilizaciones en todo el mundo.

La hipocresía de algunos líderes occidentales y la ausencia de acciones concretas para detener esta tragedia evocan tristemente la pasividad de las potencias “democráticas” frente a regímenes autoritarios en el pasado, como ocurrió antes de la Segunda Guerra Mundial y durante toda la Guerra Fría. La historia nos enseña que la indiferencia ante el sufrimiento humano y las violaciones de derechos fundamentales puede desencadenar consecuencias catastróficas.

Es crucial que los pueblos del mundo se unan en un llamado claro y contundente: la violencia desatada por Israel debe cesar de inmediato, y es imperativo buscar una solución justa y duradera que respete los derechos del pueblo palestino. La presión internacional, la solidaridad, la movilización popular y la condena firme son herramientas que deben emplearse para detener esta masacre y asegurar un futuro de paz y justicia en la región. La humanidad no puede quedarse como testigo pasivo de este genocidio en curso.