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Bien instalada está a noción de las manifestaciones del 8 de marzo – y de manifestaciones feministas en general – como espacios políticos separatistas, es decir, en los cuales hombres cisgénero1 no podrían participar (salvo en casos muy puntuales, como acompañantes de una familiar que no puede asistir sola). Cada año cerca del 8 de marzo, comenzamos a ver publicaciones en redes sociales que indican que los varones cisgénero no serán bienvenidos en el espacio de la marcha. En la marcha en sí, no han faltado instancias en las cuales personas que son presumidas hombres son expulsadas del espacio, la palabra operativa siendo, por supuesto, “presumidas”. Inevitablemente, sucede que personas que no son, en realidad, varones cisgénero, tienen que enfrentarse a violencia y hostilidad para participar del espacio feminista.

Más allá del debate de si un hombre cisgénero puede participar de un acto político feminista, es una realidad innegable que la lucha feminista es, o por lo menos debiera ser, propia de toda persona transgénero y también de quienes se vinculan con el género de forma no-hegemónica – por ejemplo, lesbianas camionas, marikas, travestis. Esto es evidente, la violencia patriarcal que vive cualquier persona que recae fuera del paradigma cisgénero es constante y brutal: no es por nada que las mujeres trans en Latinoamérica tienen una expectativa de vida que no supera los 35 años. La incidencia de la violencia machista en otras comunidades, como por ejemplo en la población transmasculina, o dentro del espectro no-binario2, no tiene documentación tan extensa, pero no quita de ser una realidad constante. En muchos casos, el nivel y la frecuencia de violencia patriarcal que sufren estas comunidades es aún más elevado que el nivel y frecuencia al cual se enfrentan las mujeres cisgénero. Por ende, la lucha feminista compete necesariamente a todo este espectro de identidades y comunidades.

Sin embargo, a pesar de que en algunos espacios se reconoce esta necesidad de incluir a estos sujetos y hasta se habla explícitamente de convocar a “mujeres y disidencias”, la lectura de algunas de estas personas como “hombres” en espacios separatistas significa que estas disidencias del paradigma cisgénero se deben enfrentar a violencia verbal o hasta física por parte de mujeres cisgénero para permanecer en la lucha violencia patriarcal. Este fenómeno afecta a algunos grupos más que a otros: las personas transfemeninas, las personas no binarias con corporalidades “masculinas”, y los varones trans, indudablemente se encuentran mucho más al margen de los espacios feministas mainstream como lo es el 8M.

En términos certeros, esto muestra que el feminismo morado y verde que se ha instalado en el territorio aún no logra superar una concepción binaria e inmutable del género. Esto no es un mero detalle, ni un tema que pueda esperar a ser superado, porque es una actitud que lleva directamente a la exclusión y violencia contra poblaciones increíblemente vulnerables, más vulnerables aún que el sujeto hegemónico de esta marca de feminismo. Si el movimiento feminista apunta a ser realmente transformador, no puede contentarse con imponer las mismas normas y categorías que se originan desde el patriarcado.

1Cisgénero, o cis, se refiere a una persona cuyo sexo asignado al nacer (masculino o femenino) concuerda con su identidad de género. La noción opuesta vendría a ser transgénero, o trans.

2No binario es un término paraguas para referirse a una variedad de identidades de género que no corresponden ni al género masculino ni al género femenino.