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Protesta
Foto Por Juan Carlos Cáceres

Por Carolina Trejo

Publicado originalmente en Sputnik news*

La protesta del 2 y 3 de julio de 1986 es la más emblemática de las masivas manifestaciones que se sucedieron desde 1983 contra la dictadura de Augusto Pinochet. Distintas organizaciones populares de Chile recogen hoy esta fecha para manifestarse contra el Gobierno de Sebastián Piñera y dar continuidad a la revuelta social de octubre de 2019.

La protesta y paro nacional de los días 2 y 3 de julio de 1986 se transformó en un hito de lucha contra la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). La convocatoria fue realizada semanas antes por la llamada Asamblea de la Civilidad, organización multigremial opositora al régimen cívico-militar, que buscaba una apertura democrática en el país sudamericano.

Augusto Pinochet, dictador chileno (archivo)

Fue una jornada de manifestación popular, en la que los cortes de luz por sabotajes al tendido eléctrico, las marchas, los cacerolazos, las barricadas, el enfrentamiento con la policía y los militares se realizaron a lo largo de Chile. Sobre todo, en los barrios más pobres, donde la protesta era más masiva y la represión, permanente tras el golpe de Estado de 1973, era ejercida por efectivos del Ejército.

“Yo era dirigente local en aquellos años y estaba allá en mi población, preparándonos justamente para lo que se venía, porque sabíamos. En La Victoria (barrio popular zona sur de Santiago) hubo una represión brutal. Entonces, ya en esa época, fue una cosa impactante ver cómo todo el mundo fue capaz de salir y a arriesgarse, y no tuvo el miedo que se tuvo por muchos años”, relata a Sputnik, Mónica Osses, ingeniera en Administración, quien vivió hasta los 28 años en la población La Victoria de Santiago, y pertenecía a las juventudes comunistas en la época.

Protestas del 2 y 3 de julio de 1986 en Chile

© FOTO : JUAN CARLOS CÁCERESProtestas del 2 y 3 de julio de 1986 en Chile

La protesta de julio fue precedida por varias jornadas de movilización que fueron reprimidas violentamente, y por la persecución de distintos dirigentes sociales y de los propios convocantes, quienes fueron requeridos por el ministerio del Interior de la época. Medidas que no impidieron que un 90% de los trabajadores se sumase a la paralización y al descontento nacional.

Según informó la revista Hoy de ese año, la movilización paralizó el 80% de los trabajadores textiles, el 85% del cuero y calzado, el 95% del comercio detallista, el 80% de los médicos y profesores, además al 70% de la locomoción colectiva y el 80% de los escolares. El paro logró un 60% de apoyo en Arica, un 80% en Antofagasta en el norte de Chile, el 90% en Valparaíso en la zona centro y el 100% en Temuco y Punta Arenas, al sur del país.

Los preparativos

Panfletos de la época

© FOTO : GENTILEZA BIBLIOTECA DEL CONGRESO Y BIBLIOTECA NACIONALPanfletos de la época

La jornada sumó masivamente a los sectores medios, profesionales y estudiantiles, pero particularmente a los pobladores (vecinos pobres), que se organizaron en sus territorios, para esa histórica paralización. Porque había una sensación generalizada de que 1986 era el año decisivo para terminar con el régimen cívico-militar.

“Como ya teníamos muchas protestas en el cuerpo, nosotros desde el tema logístico, teníamos una cantidad de neumáticos, hubo casas en que la gente estuvo dispuesta. Tú hubieras visto los patios, llegaban hasta el techo con la cantidad de cosas que reunió. O sea, era tanta la efervescencia, tanta la rabia, tanta la pobreza, que fuimos capaces prácticamente de tener un arsenal en la población y de gente toda dispuesta”, señala Mónica.

“Si bien es cierto podríamos tener mucho miedo, mucho susto, ya sabíamos todas las atrocidades y barbaries que había cometido el sistema, entonces, a pesar de todo eso, estábamos dispuestos”, cuenta a Sputnik Mauricio Mancilla, vecino de la población Lo Hermida y miliciano rodriguista en la época.

“Estábamos preparados porque ese 2 y 3 de julio, era superimportante porque se suponía que ese día partía la sublevación nacional. Y nos habíamos preparado en las poblaciones haciendo zanjas, para que cayera estratégicamente, no pasara el tanque o la tanqueta. Estábamos organizados”, relata Cristina Mejías, miliciana rodriguista y vecina de la población Lo Hermida, en diálogo con Sputnik.

Y agrega: “O sea, estábamos en Lo Hermida por lo menos, preparados para asumir todo lo que había que hacer y todas las consecuencias que eso traía, porque era un levantamiento”.

Protesta en Villa Francia

© FOTO : JUAN CARLOS CÁCERESProtesta en Villa Francia

Una revuelta popular que en cada territorio significaba, no solo manifestarse contra la dictadura, sino prepararse para la represión que se producía en cada movilización. En el caso de la población La Victoria los vecinos identificaban los puntos principales donde la gente se reunía y trataban de cercar las entradas a la población.

Tortura (imagen referencial)

“La represión, que en esa época era mucho militar, entraba por todos lados. ¿Qué hicieron los chiquillos? Hicieron zanjas en las calles para que las ruedas cayeran. Esa fue una idea que tuvo bastante efecto, además que entraban tanquetas, pero los lugares estratégicos igual pudieron. O sea, lugares donde no se podía romper las calles igual entraron, pero fuimos capaces de hacerle frente y poderlos parar”.

En el caso de la población Lo Hermida, en la zona este de Santiago, según relatan Cristina y Mauricio, cada vecino asumía un rol, desde las distintas orgánicas a las que pertenecían cada uno. La iglesia ponía los puestos de primeros auxilios y se desplegaba toda una cadena de organización para ir en ayuda de la gente que protestaba.

“En la capilla, por lo menos en la que nosotros estábamos vinculados, mi papá haciendo de posta con su camioneta, pasando de una población a otra y toda la gente preparada, doctores de guardia toda la noche porque sabían lo que se venía”, detalla Cristina.

Una histórica jornada

Jornada del 2 y 3 de julio

© FOTO : JUAN CARLOS CÁCERESJornada del 2 y 3 de julio

Para Mauricio y Cristina ese 2 de julio se inició temprano porque debían cortar la calle principal de su población, haciendo zanja y preparando miguelitos (clavos doblados) que lanzaron en la vía para pinchar los neumáticos de los carros policiales.

Al otro lado de la capital, en La Victoria, Mónica recuerda que esa primera mañana en su casa y arriba de la mesa tenía una gran cantidad de pertrechos artesanales, realizados por los propios vecinos, entre ellos muchas granadas caseras que no funcionaron.

Protestas en Chile

© REUTERS / RODRIGO GARRIDO

“Los chiquillos se expusieron, eso yo creo que fue una cuestión que no la contamos dos veces. Se expusieron tanto, que se acercaban a los vehículos represivos a tirar las cosas esas, y no funcionó ninguna, pero el alma del pueblo estaba por terminar con la dictadura”, puntualiza.

Fue una primera jornada muy extensa en la que los vecinos de ambas poblaciones protestaron durante todo el día. Tras enfrentar a los uniformados, iban a alimentarse en las ollas comunes organizadas para esos días, y volvían a la calle. Los heridos eran atendidos en los puestos de salud colocados en las capillas y se informaban a través de reportes de lo que estaba pasando, para ir en auxilio de quien lo requiriera.

“Teníamos distintas personas con las que nos llevamos comunicando lo que está ocurriendo dentro de la población, saliendo a ver si habían detenido, si había heridos, preocupándonos de protegernos a pesar de las condiciones, esas fueron las acciones por lo menos de resguardo”, relata Mónica.

Manifestaciones en el centro de Santiago

© FOTO : JUAN CARLOS CÁCERESManifestaciones en el centro de Santiago

Justo al mediodía y mientras la batalla barrial se desarrollaba en las poblaciones, en el centro de Santiago estudiantes y trabajadores se manifestaban en pequeñas marchas y mítines relámpagos en distintos puntos del sector.

Fue así que un grupo de personas, en la esquina de la calle Huérfanos con Compañía, extendió un lienzo que señalaba “Por un trabajo digno, lo profesionales también vamos al paro el 2 y 3”. La represión no se hizo esperar y los carros lanza agua y lanza gases dispersaron con violencia a los manifestantes.

Mónica Osses, recuerda que las mismas personas que les informaban de lo que pasaba dentro de la población, les avisaban de lo que sucedía afuera. Fue de esa forma en que los vecinos de La Victoria se enteraron del que es hasta hoy uno de los hechos más brutales cometidos en el contexto de las luchas callejeras durante la dictadura cívico-militar chilena.

Quemados vivos

Rodrigo Rojas

© FOTO : GENTILEZA VERÓNICA DE NEGRI Rodrigo Rojas

Esa mañana del 2 de julio en el barrio de Los Nogales, en la comuna de Estación Central de Santiago, un pequeño grupo de personas estaba preparando una barricada con cinco neumáticos y un bidón de gasolina. El joven fotógrafo Rodrigo Rojas de Negri, quien trabajaba para una agencia internacional de noticias y cubría la paralización nacional, acompañó al grupo.

Cerca de las ocho de la mañana, los manifestantes fueron interceptados por una patrulla militar comandada por el teniente Pedro Fernández Dittus e integrada por otros 22 militares y tres civiles. La mayoría de los jóvenes protestantes lograron escapar menos Carmen Gloria Quintana, de 18 años, y Rodrigo Rojas de Negri, de 19.

Según los testigos los dos jóvenes fueron rociados con gasolina por los militares, tras lo cual les prendieron fuego. Estando en llamas, fueron envueltos en mantas por los miembros de la patrulla y cargados en el vehículo militar, para llevarlos a un camino aislado en las afueras de Santiago, donde fueron arrojados en una zanja de regadío. Un trabajador agrícola los encontró y tras varias horas de espera fueron llevados a la Posta Central para su atención.

“En un principio no se tenía mucha claridad de dónde estaban, si estaban muertos ya, esa parte no se supo en los primeros momentos, pero eso hizo que recrudeciera la manifestación. La rabia era peor todavía y las orientaciones eran a seguir manifestándose y el deseo era seguir hasta las últimas consecuencias. O sea, el estupor fue de no querer creerlo, y además que se van sabiendo más detalles, eso generó un estallido más grande aún”, recuerda Mónica Osses.

Mauricio Mancilla, quien también tenía 19 años entonces, relata que se enteró muchos días después de lo sucedido ese 2 y 3 de julio porque fue detenido junto a otro joven de 17 años por una patrulla militar cuando se dirigía desde Lo Hermida a realizar una acción de sabotaje. Tras ser llevado a la Academia de Guerra y luego a la Central Nacional de Informaciones —CNI, policía secreta del régimen—, donde fue brutalmente torturado, lo enviaron a la Penitenciaria de Santiago. Allí estuvo tres años en prisión.

“Me enteré después, como a los 20 días, 15 días después todo lo que había pasado durante este periodo, 2 y 3 de julio, todo lo que pasó porque estábamos incomunicados”, rememora el joven.

Carmen Gloria Quintana (en verde), Rodrigo Rojas (en el cartel)

© REUTERS / IVAN ALVARADO

La protesta duró los dos días convocados. Gran parte de los dirigentes de la Asamblea de la Civilidad y otras organizaciones políticas y sociales fueron detenidos o relegados durante meses.

Rodrigo Rojas de Negri murió a el 6 de julio a consecuencia de las graves heridas provocadas por las quemaduras. Carmen Gloria logró sobrevivir. Otros siete jóvenes fueron asesinados por disparos provenientes de patrullas militares que estaban reprimiendo movilizaciones, y cientos de personas fueron encarceladas y torturadas en esa histórica jornada.

Para quienes participaron en la protesta, y a pesar de todas las consecuencias que conllevó para muchos chilenos, esta fecha significaba mucho más que otra nueva movilización.

“Para nosotros los jóvenes, teníamos toda nuestra fe y nuestra esperanza en que esto iba a cambiar a partir de esa fecha y teníamos la ilusión quizás de que podía ser distinto, de que podíamos hablar de un nuevo Chile”, comentan Cristina y Mauricio.

“El pueblo estaba por terminar con la dictadura. Sabíamos que iba a haber por ahí algunas componendas, que había algunas negociaciones y que en esas decisiones no estaban participando justamente los principales actores que luchamos con la dictadura y sabemos que esa gente lamentablemente fue la que hizo los amarres de la salida de la dictadura”, reflexiona Mónica.

2 y 3 de julio de 2020

Afiche de llamado a jornada de protesta 2 y 3 de julio, Chile
Afiche de llamado a jornada de protesta 2 y 3 de julio, Chile
Afiche de llamado a jornada de protesta 2 y 3 de julio, Chile
Afiche de llamado a jornada de protesta 2 y 3 de julio, Chile
Afiche de llamado a jornada de protesta 2 y 3 de julio, Chile

1 / 5© FOTO : GENTILEZA CHILE ENCAPUCHADOAfiche de llamado a jornada de protesta 2 y 3 de julio, Chile

Diversos y variados agrupaciones sociales y territoriales han llamado a realizar este 2 y 3 de julio una protesta nacional. “Donde puedas, como puedas o con lo que tengas” son las consignas, un llamado masivo por redes, que día a día, ha comenzado a cobrar fuerzas, y que está dirigido principalmente a los territorios, que recuerda no solo la fecha histórica sino a quienes han sido sus principales protagonistas.

Protestas antigubernamentales en Chile

© AP PHOTO / MATIAS DELACROIX

“Yo lo asocié obviamente a ese 2 y 3 de julio del 86, me parece que justamente esa fecha tan emblemática realza lo que hoy día estamos viviendo, de que no vemos el nivel de violencia, entre comillas, como sí nos ocurría y de tan abiertamente eliminar personas, matar gente, pero terminó una rabia acumulada desde antes del 18 de octubre“, señala Mónica Osses.

Tanto para quienes fueron Mónica, Cristina y Mauricio el llamado actual de protesta es necesario para que las cosas cambien, para terminar con la injusticia. Porque hay una deuda con los que estuvieron presos, con los que murieron, porque el costo lo sigue pagando el pueblo. “Es una cuestión que ya basta de tanta desigualdad, hasta en esto de la pandemia, hasta los muertos son nuestros”.

“Este llamado que hay este 2 y 3 de julio, yo lo apoyo y yo voy a ir a protestar porque siento que es necesario, porque es nuestro deber, porque es lo que tenemos que hacer”, sentencia Cristina Mejías.