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Por Ignacio Kokaly

Las palabras construyen un escenario desolador, como si ya no existiese esperanza. Un artefacto médico suena de fondo. Emite un pitido similar al de las máquinas que indican el pulso de un paciente, graficando en la pantalla con una línea que la persona aún está viva. Pero de un segundo a otro, el hilo se corta, y la vida se quiebra.

A mediados de esta semana, parte del personal de salud del Hospital Padre Hurtado se contactó con el equipo periodístico de Primera Línea Prensa para denunciar lo que inevitablemente está a punto de ocurrir, primero dentro de la institución, luego en el resto de los hospitales a lo largo de todo Chile. Se trata de aquel punto sin retorno, ese donde toca elegir quién vive y quién muere. El rostro más siniestro del colapso sanitario.

Un grupo de funcionarios del Hospital Padre Hurtado, en la comuna de San Ramón, están reunidos en una de las salas del recinto. Se miran a los ojos mientras esperan que el médico en jefe de la unidad crítica comience su parlamento, y advierten que las cosas no están bien, ni van a estarlo.

Antes de empezar, Claudia, funcionaria del recinto, da un indicio de lo que estamos a punto de escuchar. “Mi alma se apretó. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Soy técnico y gano una basura, pero amo mi profesión, y la construyo cada día para entregar lo mejor. Hice un juramento para salvar vidas como si fuera la propia mía, pero jamás para ayudar a decidir quién merece vivir– dice mientras algo más la cohíbe y finalmente lo suelta– menos, quitarle la posibilidad a un ser humano ¡Que se pasó la vida pagando una salud de mierda que hoy decide si dejarlo vivir o no!”.

El audio que se reproduce es angustiante. Se trata de una reunión. El jefe de la unidad trata de mantenerse estoico mientras le comunica a su equipo las implicancias de lo que eventualmente comenzará a regir, pero no lo logra. Hay algo en su garganta que se traba.

Acabamos de tener una reunión, es una reunión que se hace todos los días, pero la de hoy fue especial. Una reunión en que participan los representantes de todas las unidades de paciente crítico con los directores del hospital, director, subdirector médico, jefe de la UTCA, y más o menos, quiero transmitirles un poco lo que se conversó en esta reunión. El hospital está sobrepasado, eso lo sabemos hace mucho tiempo, pero de algún modo se ha ido ”estirando el chicle”, siempre se han ido haciendo esfuerzos sobrehumanos de parte de todos los equipos, lo cual hace que uno se saque el sombrero ante ustedes, pero resulta que esto tiene un límite, que es de infraestructura, ni siquiera porque no tengamos equipos, ni siquiera porque no tengamos personal, tenemos personal, tal vez no con el entrenamiento que quisiéramos, pero tenemos personal y tenemos equipos. Lo que no tenemos es hospital, en qué sentido, no tenemos dónde dejar a estos pacientes, pacientes que requieren una unidad de paciente crítico”.

En el fondo de la habitación, mientras el médico habla, los teléfonos y las sirenas no dejan de sonar, como si los necesitaran todo el tiempo, en todo lugar; y estar ahí, en esa reunión fuese casi un privilegio.

Claudia se acoge a las palabras de su jefe, pero sabe que no está preparada, y reflexiona. “No tienen y no tendrán una salud de calidad por que el estado no invierte en salud”, dice, y luego agrega con rabia “¡la atención es indigna! ¿Para eso trabajaste todo tu vida?”, comenta en relación a las personas que llegan a atenderse al recinto.

Resulta trágico saberlo así. Antes, una cosa era oírlo de una proyección, de la boca de la vecina o el amigo crítico con el Gobierno. “Si esto ya se sabía, que íbamos a terminar así”, versan varios comentarios sobre el hecho. Es verdad, pero era una proyección, no el discurso vívido de la boca de un médico jefe de una unidad crítica, que te dice que esto ya está aquí, y que la realidad es más desoladora, que hay que prepararse para elegir entre la vida y la muerte, y que, si te niegas a dirimir, es probable que implícitamente estés escogiendo la muerte.

Después de saberlo te quedas sin aire.

“Y lo otro que es más crítico es que la red de oxígeno y de aire, pero principalmente la de oxígeno, no soporta los 65 pacientes que tenemos en estos momentos con equipo. Hablo de equipos, en eso incluyo a los pacientes con ”na” e incluyo a los pacientes con ventilación mecánica. ¿Por qué? Porque la fuente de oxígeno, la capacidad de distribución que tiene, no da.  Y esto es como la corriente en la casa, es lineal: El próximo paciente que yo conecte…”– Un joven profesional de la salud lo ha entendido, y le replica a su superior con la voz algo entrecortada.

Va a quitarle oxígeno a todos.– Dice. Luego, el médico continúa.

Exactamente. Entonces, ya sabemos que hay problemas de oxígeno, y por tanto, nuestros equipos ya están recibiendo poco flujo y no son capaces de aportar el flujo que necesitan los pacientes. El próximo paciente que se ventile, no sólo no va a recibir el oxígeno que necesita, porque es el último paciente de toda la red, sino que además va a poner en peligro a los otros 65 que ya están ventilados, cuyos flujos van a bajar, y por tanto no se les va a dar la terapia que han estado recibiendo. Esto suena súper duro, pero hoy va a morir gente, porque no tiene acceso a ventilación. Tenemos pacientes de 50 años, de 60 años, en básico, sin antecedentes mórbidos, que deberían haber estado conectados a ventilación ayer. Hoy va a morir gente, y el problema es más grande, no es falta de equipo, no es falta de personal, es que no hay hospital. Con esto incluyo a la urgencia, incluyo básico, incluyo los pacientes de pediatría, todo el hospital. Esto se está transparentando a las autoridades de más arriba, de hecho hubieron amenazas de llamar a la prensa, pero… el mensaje que les quiero transmitir es que las cosas se vienen aún más difícil…y se va a poner probablemente emocionalmente más difícil, porque vamos a ver morir gente. 

Mientras hablo con Claudia me muestra una foto. Es joven y bonita; y tiene sus labios apretados, de un color rosa bastante peculiar, como si antes de tomarla los hubiese estado mordiendo para controlar los temblores producto de los nervios. Mientras, los ojos, grandes y redondos, están vidriosos, y contrastan con el color rojizo de sus mejillas producto del escozor que solo las lágrimas secas pueden ocasionar. Todo confluye para marcar un semblante de angustia que difícilmente puede retratarse solo con palabras.

Comenta que la foto se la tomó para recordar el sentimiento sobre lo sucedido hace unos días. “Una paciente que había ingresado por un accidente cardiovascular y llevaba tiempo de mejoría. Era joven, pudimos ver su progreso. Conocí a su familia, a sus hijos y cuando comenzó todo esto, ella estaba en piso (medicina), y sufrió un paro cardiorespiratorio. La volvimos a ingresar, pero esta vez, tuvieron que desconectarla del ventilador, pues había gente que necesitaba el ventilador… Y ella ya no iba tener mejoría”, comenta afligida.

Después de eso recuerda que, junto a una compañera, se escondió en una bodega para llorar. Esto ocurrió, según comenta, en el recinto donde trabajaba anteriormente.

Ahora se pregunta si acaso podrá, sea en el recinto que sea, volver a participar de una decisión que implique quitarle la vida a una persona. “Mirarlos a los ojos y que algunos supliquen por su atención, y no poder darla, te mata (…) Sus exámenes de testeo son falsas. Dan resultados de falsos positivos. En las PCR en clínicas, los resultados están a las 24/48hrs y en los hospitales públicos 7 días mínimo. He visto fallecer personas que aún están en la espera de sus resultados”.

Ya ha tenido que hacer turnos en el Hospital Padre Hurtado, y por la experiencia, sabe que le tocará volver a presenciar la escena descrita una vez más. “Es un hospital que abarca demasiada población, y todos los ventilados que hay no dan abasto. Las conexiones de oxígeno colapsaron y decidieron desconectar gente Para ocuparlos en otros”, dice en retrospectiva.

Lo mismo menciona el jefe de la unidad crítica. No es que sea su culpa, porque es algo que no solo no se quiere hacer, sino que duele hacerlo.

“Probablemente el siguiente paso, para poder darle acceso a estos pacientes que están en básico, es que nosotros también vamos a tener que comenzar a ver cuál es la realidad de nuestros pacientes. Y lo cierto es que tenemos pacientes que llevan más de una semana, que no han mejorado, que estamos en una situación de empate, en que no avanzamos ni retrocedemos, pero sabemos que son pacientes que en un principio nosotros pudimos haber cuestionado si valía realmente pena intubarlos. Probablemente vamos a tener que llegar a lo que sucedió en Europa, en España, en Italia, y es empezar a desconectar pacientes, pensando en que son pacientes que tienen pocas oportunidades, y que tenemos gente en básico que hoy va a morir, y que tiene más chances de sobrevivir. 

Estamos en una situación de guerra, antes lo que hacíamos, pre pandemia, era siempre manejar en la UCI al paciente más grave, al que estaba más ”hecho corneta”, eso ya no puede ser. Hoy en día, nuestro criterio de ingreso va a tener que ser aquel paciente que tiene más posibilidades de sobrevivir, y eso significa volver a cuestionarnos qué es lo que estamos haciendo nosotros con nuestros pacientes”.

Las palabras del médico en jefe han calado hondo en su equipo. Lo miran expectante, esperando una solución, de esas que dicen que todo estará bien, de esas que hace un tiempo transmitían tanto optimismo que hasta daba seguridad para salir a tomar un café o una cerveza con los amigos. Pero no la hay, el hombre, con impotencia en su voz le confiesa a su personal lo que está pasando.

“No tengo ninguna solución, lamentablemente. Esto no era para contarles el problema y decirles ”Ya, esto es lo que vamos a hacer ahora”, sino que quiero transparentar qué es lo que estamos viviendo, para que, como equipo, también sepan qué es lo que está sucediendo. Es muy angustiante, así que les pido comprensión, seguir esforzándose como lo han hecho hasta ahora, y si hemos llegado a este punto, ha sido gracias a ustedes por el esfuerzo que han hecho, por manejar pacientes en una unidad que por ningún lado esto debería haber sido una UCI, pero aún así ustedes están acá, estamos asumiendo eso, ese esfuerzo, esa demanda que significa. Así que si muchos de estos pacientes han logrado salir adelante ha sido gracias a ustedes. ¿Qué les pido? Fuerza y que sigamos haciendo lo que estamos haciendo. Eso es lo que se nos viene”. 

De la definición oficial de “médico”, se desprende que se trata de una persona calificada para ejercer la medicina. Mientras, la definición de enfermero o enfermera es “Persona que tiene por oficio asistir o atender a enfermos, heridos o lesionados bajo las prescripciones de un médico, o ayudar al médico o cirujano”. Ninguna de las definiciones lleva explícitamente un rol que implique decidir quien vive o muere. Los funcionarios de la salud están para salvar y preservar la vida, no para quitarla. Pero el dilema ético que hoy se siembra es otro. Hay que elegir.

Claudia piensa en su hijo pequeño, en el tiempo que ha pasado sin verlo. Van meses, y sabe que pasará más tiempo, simplemente porque no es seguro hacerlo en esas condiciones. Estalla en rabia, y expresa, al filo de la emoción, que la irresponsabilidad política en el manejo de la pandemia nos trajo a este punto de quiebre. Claudia, a pesar que no se llama Claudia, sino que ha pedido mantener su nombre en reserva por temor a represalias, piensa si acaso volverá a tener que tomar parte en la macabra criba de pacientes, si será lo suficientemente fuerte para revivirlo.

Aún así, no va a renunciar. Está dispuesta a extremarlo todo con tal de ayudar a su pueblo, según dice. Pero tampoco va a olvidar. “La gente no está muriendo por la pandemia, la esta matando el estado, como muchos otros estados, y los hago culpable a todos ¡Tengo rabia y pena! Quiero ver arder todo de este gobierno por lo que le han hecho a la gente”.

Las palabras construyen un escenario desolador, como si ya no existiese esperanza. Un artefacto médico suena de fondo. Emite un pitido similar al de las máquinas que indican el pulso de un paciente, graficando en la pantalla con una línea que la persona aún está viva. Pero de un segundo a otro, el hilo se corta, y la vida se quiebra.