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Cuando una mujer es víctima de violencia política sexual, se origina una larga y tortuosa cadena de crueldad e impunidad. Cuando una mujer es violada en una comisaría, con un funcionario confeso, termina viendo cómo el sujeto debe acudir a firmar quincenalmente como castigo por lo que le hizo. Una verdadera burla. Cuando un joven es obligado a tener sexo con un carabinero, es filmado por ellos mismos y amenazado de se exhibido, para que no se le ocurra denunciar. Da impotencia, da asco. Y las autoridades a cargo no dicen ni hacen nada, y cuando los vemos en los noticieros se refieren escuetamente, evaden, justifican la atroz violencia. La ministra Plá, por ejemplo, interpelada en varias ocasiones, ha brillado tanto por su ausencia como por sus nefastas declaraciones. Cuando una mujer va a denunciar que vivió este tipo de violencia, es revictimizada hasta hacerla desistir. Es humillada, cuestionada y culpabilizada. Porque es este sistema el que da amparo, quien nutre a las instituciones para que cometan atrocidades a la vista de todos y todas, en completa impunidad. Y esta situación sólo podemos revertirla con lucha en las calles, popular, exigiendo justicia y cambios concretos, haciendo presión para erradicar la violencia política sexual que el pueblo sufre en silencio, en absoluta oscuridad. Aún nos queda mucho antes de abandonar la lucha.