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Por: Camila Álamos Mubarak, Licenciada en Lengua y Literatura.

Cada mañana en hora punta -cuando debo dejar pasar uno, dos, tres, infinitos trenes del metro- pienso en la poca dignidad que el sistema de transporte otorga a l@s trabajador@s de Chile. Cuando se abre una de sus puertas justo frente a mí y encuentro la esperanza en algún recóndito, casi inexistente espacio para subir, pienso en el tiempo que he perdido esperando y en la nula posibilidad de contar con un perímetro de comodidad, y por qué no decirlo, de seguridad en mi viaje. Mi mochila apenas entra y yo voy pegada a un montón de desconocidos, y ellos a mí. Mutuamente nos miramos las caras de hastío, y yo no logro comprender por qué hay personas que se ríen de la situación, como celebrando el mal chiste que nos cuentan todos los días. ¿Será que las sonrisas de nuestros torturadores en terno y corbata son contagiosas? ¿Será que con sus poses benefactoras logran implantar la nefasta idea de su entrega y vocación al servicio público?

Yo no podría responder a estas, mis propias preguntas, con exactitud. Lo que sí tengo claro es que día a día los politiqueros de este país se deshacen en medidas absurdas y sin importancia, mal gastando los recursos que bien pudiesen ocuparse en genuino beneficio de nuestra gente. Ideas “innovadoras”, por ejemplo, para homenajear a personajes destacados como la Violeta Parra. Lo curioso es que una mujer tan irruptora, una artista popular con verdaderas ansias de transformación y al servicio real de l@s trabajador@s, figure hoy en la tarjeta BIP; sí, la misma tarjeta que pasamos por el validador para trasladarnos en deplorables condiciones. ¿Qué diría la Violeta? Tal vez lo mismo que diría Gabriela Mistral respecto a su glamorosa aparición en la BIP el año 2015 y en el billete de cinco lucas: que no quieren estar ahí, que no es ese su lugar, que su trabajo nunca persiguió esos fines, que el único reconocimiento válido sería el de su pueblo, que un pésimo servicio no puede ser cobrado a tan alto precio, que basta de roer nuestros bolsillos.

Pero estas instituciones poco conocen de escrúpulos, pues sin importar el discurso de lucha social y política de la Violeta, su imagen les sirve para “hacer como si hicieran algo” importante, como si existiera el verdadero interés de rescatar el tremendo trabajo de la Viola en relación al arte popular en Chile, a esa cultura combativa que desde lo subalterno se fue construyendo como contraparte de los discursos políticos hegemónicos que ellos siguen perpetuando cada día y que pretenden matizar con este tipo de medidas inservibles, pero que sin duda, les son útiles para posar sonrientes ante toda cámara que se les cruce y continuar con los chistes repetidos que cada día les salen más podridos.

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