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Desde el gobierno y la prensa hegemónica, se ha venido sosteniendo la idea de naturalizar desastres que de naturales no tienen tanto. Desde los mega incendios forestales de la Zona Centro Sur a las innundaciones que por años azota más al norte, pasando por los cortes de agua en la Región Metropolitana, y la Marea Roja en Chiloé el 2016, la respuesta siempre ha sido culpar a la naturaleza, al Calentamiento Global (que si tiene una participación importante), a las “altas temperaturas”, a la “isoterma cero”, a los “núcleos fríos”, a todo salvo uno de los más grandes responsables: nuestro modelo de producción económica y los dueños de la producción en nuestro país.

Y es que todas estas catástrofes, que parecieran a ojos inadvertidos producto de un enjambre de mala suerte, o una especie de maldición que condena nuestro país, no es más el síntoma y la evidencia de un modelo que lejos de enriquecernos, nos está llevando a la ruina y a la debacle, amenazando nuestras propias vidas y modos de subsistencia. Nos referimos al capitalismo extractivista, un modelo económico muy propio de nuestro contexto en la economía mundial: dependientes, tercermundistas. No participamos de manera central en la economía mundial, como nos quiere engañar el PIB per cápita, nuestra presencia en la OCDE y todos aquellos artilugios que nos omiten de lo principal: que somos meros productores de materias primas, o de materiales escasamente elaborados. De nuestro país se extraen sin miramientos las riquezas, quedando en él contaminación, desertificación, empobrecimiento de los suelos, sequías y erosión.

De la tragedia en Chiloé el 2016, los chilotes fueron las víctimas del apetito voraz de los industriales salmoneros, que sobreexplotaron su negocio hasta hacerlo literalmente tóxico. Pero la catástrofe no les llegó a ellos, como siempre, fueron protegidos y subsidiados por el Estado.

De la tragedia de las innundaciones del Norte Chico el 2015, la minería irresponsable y contaminante, cuyo resultado ha sido la sobre desertificación y la proliferación de tranques de relave y piscinas de lixiviación. Hasta el día de hoy, ni los medios ni las autoridades han sincerado el daño tóxico de aquellas innundaciones, en donde junto al agua y al barro también corría cerro abajo el ácido sulfúrico, metales pesados, entre otros químicos peligrosos. Los años venideros, lamentablemente, hablarán de la verdadera catástrofe humana y sanitaria que implicó dichos aluviones.

De los incendios forestales, en especial los de este verano, no pueden ser solo explicados por la acción del sol, por la “ley del 30/30/30” (grados/ velocidad del viento/ humedad), sino por la acción desertificante de los monocultivos de pino radiata y eucalipto. El Centro Sur convertido en una gran plantación (no bosque, ¡plantación!) de dichos árboles, erosionando el suelo, secando las cuencas, y generando -casi literalmente- un polvorín esperando a ser prendido por la temperatura o la irresponsabilidad humana.

(REUTERS/Juan Gonzalez)

Y hoy las grandes crecidas de ríos y aluviones nuevamente en la Zona Norte, esta vez en la 4a Región. Sin duda una lluvia que no se compara a los años anteriores, pero también se trata de tierras no preparadas, erosionadas por la minería, cuyos cursos de agua han sido modificados para el beneficio de unos pocos, de casas localizadas a poca distancia de los cauces culpa a la especulación del negocio inmobiliario, que obliga a los más pobres de este país (que no son una minoría como los números nos quieren sugerir), a vivir poniendo en riesgo sus vidas, porque habitar en un lugar seguro se hace económicamente imposible en este país.

Es por ello, que por muy “natural” sea el gatillante de las tragedias, o muy “natural” sea del desarrollo de estas, debemos siempre cuestionar. Porque el Calentamiento Global es producto planetario de este tipo de funcionamiento económico capitalista extractivista, irresponsable con el medio ambiente. Pero también es el mismo extractivismo, violento y rapaz que experimentamos y padecemos en nuestro país, el que hace que año tras año tengamos que lamentar lo peor, el sufrimiento humano en beneficio de algunos pocos, que no les importa que nos ahoguemos, nos intoxiquemos con Marea Roja o metales pesados, que nuestras casas y animales se quemen, ni nada, mientras ellos se enriquezcan.

Y ellos, descansarán tranquilos, en sus casas seguras lejos de todo cauce, de toda quebrada, de todo vertedero, de todo riesgo. Descansarán tranquilos, siempre y cuando se siga creyendo que estas tragedias son solo naturales, accidentales, y no producto del modo en que unos pocos se enriquecen.

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