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Por: Camila Álamos Mubarak
Licenciada en Lengua y Literatura UAH
Frente Feminista La Trenza

Desde mi casa veo el Hospital San Juan de Dios, y si camino unas cuadras por Matucana sé que voy a encontrarme con la fachada del Liceo Emilia Toro de Balmaceda, por estos días, llena de globos bancos y velas derretidas, de carteles exigiendo justicia para Andrea Mazzo, la joven de quince años que murió luego de pasar varios días internada y en coma. Nos gustaría pensar que en la edad de la intensidad una joven debiese dedicarse únicamente a perseguir sus sueños, a reírse, a ser plena. Dicen que no hay edad como los quince, que son la primavera del primer amor, que son las carcajadas con las amistades, el comienzo del descubrirse a sí misma. Lo que no nos dicen, es que a esa edad la sociedad nos comienza a exigir que seamos mujeres al estilo del patriarcado, nos venden ropa a la moda y maquillaje, nos enfrentamos al imperativo de tener que ser “bonitas” para encajar, para que algún varón nos tenga en la mira como objeto de su deseo.

Todas -en cierta medida- pasamos por eso. Nos guste o no, crecimos con complejos bajo la premisa de ser aceptadas, y aunque hoy nos posicionemos con determinación en su contra, los cargamos a diario en nuestra batalla por des- aprehender. En la televisión vimos que si nos poníamos ropa que resaltara nuestros cuerpos juveniles, nos iban a mirar más, y nos enseñaron que eso estaba bien, aunque en el fondo nos diera miedo y nos hiciera sentir incómodas. Lo hacíamos, porque era “lo propio” de tener quince años. Recurríamos a la mentira piadosa en el hogar, para acceder a unas horas más fuera de él, para conversar con los amigos en la plaza, para conocer a los del liceo técnico más cercano. Lo hacíamos con la ingenuidad y el entusiasmo propio de la edad, lo hacíamos, unas más que otras, con distintos matices, algunas más atrevidas, con el jumper más o menos corto, con el mechón teñido de jugo Yupi, con el Belmont light en la mano y la colonia Natalie siempre en la mochila, para neutralizar el olor a Manquehuito de los viernes.

Sin conciencia de todo ello, sin sospechar de la existencia estructural del patriarcado que nos oprimía desde temprana edad, pensábamos en muchas cosas, menos en la posibilidad de morir. Un accidente le puede ocurrir a cualquiera ¿verdad?, eso es algo que sabes desde que te enseñan a caminar y te frenan en las esquinas, desde que te dicen “mira para ambos lados”, “afírmate bien en la escalera”, y el largo etcétera de la precaución en la infancia. Lo que una no pensaba era que relacionarse con un otro podría llevarnos a la muerte, porque a los quince años se confía casi a ciegas y no se teme a malas intenciones. Una no pensaría que el chiquillo con el que se va a juntar puede tener 2 denuncias previas por violación y abuso sexual a menores de edad ¿por qué andaría libre por la ciudad un sujeto con tales antecedentes? Pero a Andrea le pasó: entró a Facebook y quedó de juntarse con Steve Sánchez, que le había dicho tener 17 años cuando en realidad, tenía 21. No se conocían presencialmente, pero lo harían esa tarde. Sin embargo, Sánchez engañó a Andrea para que llegara hasta su casa, ahí la drogó y la violó hasta provocarle las lesiones que la dejarían internada de gravedad, luego en coma, y finalmente muerta.

¿Con qué derecho?, me pregunto, y nos preguntamos muchas. Podría teorizar, citar autoras, autores, revisar cifras, pero hoy no quiero. Hoy sólo quiero tratar de entender con qué derecho alguien toma el cuerpo de una joven para hacer con ella lo que se le ocurra, para saciar instintos sin contemplación alguna de la existencia de una mujer, de un ser humano. Con qué derecho se omite por completo la voluntad de una persona, cuánto odio es necesario para invalidar el conocimiento de alguien por medio de drogas que la vuelven vulnerable para así pensar “ahora puedo hacerle lo que quiera, no se puede defender”. Y dicen que el odio lo tenemos nosotras, las feministas. Y nos culpan por sentir tanta rabia, se burlan por nuestros intentos diarios de desnaturalizar la violencia hacia las mujeres.

Pero ¿qué esperan? Si nos arrebatan la vida y los sueños, la sonrisa y la paz, si no podemos caminar tranquilas, si nos juzgan por lo que vestimos o decimos, si nos tratan como seres humanos de segunda categoría, si afirman que somos el sexo débil, si nos quieren encerradas limpiando, si son capaces de pagar por explotar sexualmente a una mujer, si desde niñas nos quieren hacer “princesas” para que seamos bellas e inútiles a nosotras mismas, pero serviles al trabajo doméstico y a sus “necesidades” de hombre, por las cuales algunos están dispuestos a forcejear hasta la muerte. No nos pueden culpar por sentir rabia y dolor, y a nosotras, no nos puede confundir ese cuestionamiento que nos quiere hacer ver “exageradas”. ¿Qué nos queda?, organizar la rabia, hacernos fuertes y luchar con la convicción de que nuestras batallas del día a día, no son más que la exigencia de una justicia merecida.

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