Compartir
Tumbas

Por Ignacio Kokaly

Una mujer alega que su empleador trata a sus trabajadores como animales. Mientras en La Moneda se sirve caviar y paté de jabalí, en las poblaciones se organizan ollas comunes como un intento desesperado de aplacar el hambre, al mismo tiempo que el gobierno trata de regularlas, como si el hambre entendiera de leyes o autorizaciones. Marcela Cubillos reclama histérica, en plena cuarentena, que la Ley antiencapuchados sigue “parada” en el senado mientras el Gobierno intenta intervenir el congreso y quebrar la democracia. Todo lo anterior, mientras aún atendemos a los golpes de un pésimo manejo de la crisis sanitaria a raíz de la cual hoy tenemos que lamentar 5.509 fallecidos reportados por el Ministerio de Salud, a pesar que esta cifra podría empinarse por sobre los 8.000 si se consideran las diversas sublistas asociadas a los decesos.

No pueden decir que no lo vieron venir. La semana pasada, a través de sutiles noticias, se expusieron todas las heridas abiertas y aún sangrando de Chile. Solo nos sostiene la rabia y la esperanza de cambiar algún día todo lo que está mal con este sistema.

La crisis sanitaria, al igual que la revuelta popular de octubre, solo vinieron a exponer un sistema de cartón, un gran montaje derivado de esa enfermiza proyección de éxito, que resulta tan superficial y tan frágil en la realidad, que todos los discursos y cifras pasan de reflejar un oasis, a ser solo un espejismo cuando se evidencia el desamparo a la población.

Por ejemplo, sabíamos, desde mucho antes, sobre la precarización laboral y las difíciles condiciones de los trabajadores frente a su empleador, donde muchas interrelaciones laborales se forjan casi bajo la amenaza velada a perderlo todo. Lo mismo reclamó una trabajadora de la empresa Fruna cuando se topó con las cámaras de diversos canales de televisión mientras iba a retirar a su hijo de un jardín infantil en la comuna de Maipú, que operaba ilegalmente con permisos falsos, supuestamente girados por la empresa de confites, para ofrecer el servicio a las trabajadoras de la empresa con tal de mantenerlas en la producción. “Para ellos somos animales”, dijo la mujer solo tras denunciar la serie de irregularidades al interior de la empresa de alimentos.

Y por más triste que pudiese sonar, esto no es en el peor de los casos. Actualmente, según datos publicados por el Centro de Investigación Periodística, 3,6 millones de trabajadores no poseen contrato, representado el 38,9% de la fuerza laboral, y el escenario empeora al ver las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas, que en su último boletín dio cuenta de 2,5 millones de trabajadores dedicados al trabajo informal. En términos simples, si no salen a trabajar, no comen.

Del otro lado, en el trabajo con contrato, las cosas tampoco van mucho mejor. Según destaca el último informe de percepción de negocios del Banco Central, basado en una encuesta en la que participaron 230 empresas de diversos sectores económicos, casi la mitad de los encargados consultados declaró que cuando termine el periodo dispuesto por la Ley de Protección al Empleo, llevará a cabo despidos.

No hay escenario promisorio para los trabajadores en Chile. Desde pequeños, la enseñanza que se le inculca a la mayoría sobre los valores que hacen a la persona digna en relación al ámbito laboral es que “el trabajo dignifica”. Pero resulta complejo de asimilar cuando lo primero que se le quita al trabajador es su dignidad.

Y mientras los recursos se hacen cada vez más escasos. Mientras el hambre recrudece en las poblaciones y mientras quien aún posee sustento enfrenta la incertidumbre, nos enteramos, al más puro estilo de la Francia de 1793, de los manjares que comen aquellos que propiciaron uno de los peores escenarios de la crisis sanitaria. Todo pagado por el pueblo.

Dentro de una lista de chistes de mal gusto quedan los registros de Sebastián Piñera saliendo de la Vinoteca o el video del mandatario contraviniendo todos los protocolos en el funeral de su tío, la exautoridad de la Iglesia Católica en Chile, Bernardino Piñera, por mero capricho. Como si fuera poco, la autoridad decide abrir un sumario sanitario al hombre que, en una iglesia de San Carlos, dedicó un último pie de cueca a la compañera de toda una vida, mientras, a renglón seguido, el Ministro de Salud Enrique Paris, justifica el negligente actuar del presidente en el mencionado ritual mortuorio de su tío.

El dicho tenía razón. La justicia es como la serpiente, solo muerde a los descalzos.

De alguna forma, el fuego que vimos durante la revuelta del 18 de octubre del año pasado fue una réplica a la injusticia. Una forma de expiar los abusos por parte de un grupo reducido de personas cuyo interés no está al servicio público, sino en su propio beneficio.

Y es por lo mismo que quizás, cuando toda la crisis sanitaria acabe, volvamos a ver como las cosas sucumben ante el descontento popular, que, en lugar de ser aplacado, en lugar de ser entendido, escuchado o subsanado por parte de quienes detentan el poder, ha intentado ser silenciado por los mismos abusadores que lo generaron.

Y ellos lo saben, saben que han obrado mal, y peor aún, no les interesa. Las burlas, provocaciones y abusos a la gente siguen ahí, a la orden del día. Saben que tendrán de nuevo el fuego en las calles, y por eso han apresurado proyectos y directrices formulados a punta de amenazas y pataletas políticas, como cuando la exministra de Salud, Marcela Cubillos, reclamó, la semana pasada, que la ley antiencapuchados seguía frenada en el senado a pesar de que las calles deberían estar vacías.

Un reportaje realizado por el diario estadounidense The Washington Post es lapidario. “Se espera que la gente regrese a las calles para protestar por las condiciones que el brote dejó al descubierto”, versa el escrito. Ya no volveremos solo por aquello que sabíamos que estaba mal, sino que también por lo que estaba mal y no sabíamos.

Primera Linea

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here