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Cada arruga de su rostro, de las manos que sostienen el cartel, es el manifiesto aún vivo de que el ser humano jamás deja de pelear, sea por supervivencia o por lo justo, la lucha jamás se abandona.

Por Ignacio Kokaly

Son aproximadamente las 20:00 hrs. cuando estrecho su mano como un manifestante más que quiere agradecerle o tomarse una foto con él. Simplemente retribuye mientras le digo algo que no alcanza a entender. Desde el monumento al General Baquedano, mira en dirección a la Alameda la calle repleta de manifestantes y una bandera mapuche izada sobre el fulgor una barricada.

Para él, el tiempo en la Plaza de la Dignidad no se mide en horas o minutos, sino en “vueltas”. Dice que le quedan dos más para terminar la jornada, y solo después de cumplirlas accederá a una entrevista en cercanías del Parque Bustamante.

Entonces, el viejo se pierde en un mar de capuchas. En el reverso de su cartel se lee otra frase que complementa su sentir: “Un pueblo maltratado merece ganar el poder”. No le quito ojo. Tiene una máscara antigases, pero no la usa, aunque las bombas lacrimógenas estén cayendo a su alrededor, el artefacto sigue colgando a la altura de su pecho, como si ya fuese inmune al gas tóxico de los elementos represivos. Se acerca a las calles donde un montón de chicos intentan mantener a raya a los efectivos de Carabineros. Desde un costado observa como los perdigones pasan a metros de distancia, con el cartel que dice “Gracias, Valiente Juventud” bien en alto. Es un escudo, una bandera de lucha, un elemento que levanta la moral de los demás manifestantes, es su vida resumida en tres simples palabras.

Finalmente aparece. Cojea un poco, y el cansancio hace que luzca mucho más encorvado que antes, pero el cartel sigue en alto. Antes de comenzar, deja algo bien en claro: que, a sus 80 años, sigue luchando.

¿Desde cuándo está usted aquí en las marchas con el cartel “¿Gracias, valiente juventud”?

En esta lucha, desde el estallido, desde el primer día.

¿Cuáles fueron sus motivaciones para salir a pelear por el pueblo?

La verdad, es que lo he hecho toda la vida. Tengo en mi cuerpo 3 dictaduras. La de Gabriel González Videla, siendo niño, pasando hambre, veníamos de Lota, arrancando por la dictadura… —El anciano hace una pausa y mira al vacío, como si intentara recobrar uno de esos recuerdos que se creen perdidos, que simplemente desaparecieron— Perseguían el sindicalismo. Y después tuvimos la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, el creador de esta policía uniformada, que era un general de ejército. Y la tercera dictadura… —El viejo se interrumpe cuando un manifestante se acerca para estrechar su mano) la tercera dictadura es la del traidor Pinochet—.

¿Cómo vivió en particular usted esa dictadura?

Con muchas necesidades, con mucho dolor, porque vi, al otro día, el 12 de septiembre en la mañana, como estaban en las esquinas de la Población La Legua decenas de muertos con la frente perforada.

¿Cuál es su nombre ?

Angelito de los Cielos—  Dice, y luego me mira de reojo con sospecha. Hay una larga pausa.

¿Cree que algo ha cambiado con este estallido social en términos de justicia social?

Hemos avanzado. Ojalá que la gente se prepare y vote, porque al eliminar el sistema económico político-social neoliberal estaríamos derribando la estructura que sostiene al neoliberalismo.

¿Qué significa para usted su cartel “¿Gracias, valiente juventud?

Significa un reconocimiento a esta juventud que ha sido capaz de enfrentar al capitalismo, al neoliberalismo, al imperialismo y a la oligarquía financiera, nada menos que eso, lo más peligroso que puede tener un pueblo lo tenemos nosotros aquí muy desarrollado. Un puñadito de familias, dueños de los grandes capitales, de la riqueza, contra 17 millones de personas que pertenecemos, no a la clase media ¡A la clase trabajadora, esa es la clase que ronca! — dice con un énfasis especial en la erre, como si su lengua se negara a soltar esas palabras tratando de prolongar, así sea por una milésima de segundo más, su expresión de orgullo por el pueblo al que pertenece— ¡La derecha tiene su clase, capitalista neoliberal, nosotros tenemos la clase trabajadora! Esa es la que se concentra aquí. La clase media es una invención de la burguesía para conformarnos y entretenernos.

¿Por qué no quiere decir su nombre? ¿Siente que podría venir algo peor como una persecución política?

Pero claro, porque en el trabajo… Este para los viejos que tenemos consciencia es un trabajo revolucionario. Hay que actuar como un revolucionario. Yo no sé quién es usted.

Usted me mencionó que nació para luchar…

Claro, porque vengo de la zona de Lota, una zona muy explotada, donde mi padre, por ejemplo, a los 7 años estaba abajo del mar en la mina. Lo llevaron, porque sabían que él sabía hacer números, para que anotara los carros que salía a la superficie con material, porque el capataz no sabía ni leer ni escribir, pero se había ganado la confianza de los dueños de la mina. Y niños de 10 y 12 años de edad, iban amarrados abajo, cargando los carros. Eso fue a principios del siglo XX.

¿Hasta cuándo va a seguir luchando?

Hasta que me muera. Estamos en la gran mina del neoliberalismo, y le estamos quitando alimento a ella para alimentarnos nosotros y sobrevivir, y salir después a la superficie.

Nunca dejamos de luchar

¡No!

Las luces en el sector fueron cortadas hace mucho, y solo quedan un par de focos de baja luminosidad en torno a unos monumentos. El viejo y su cartel se pierden en la noche, cobijados por la oscuridad del Parque Bustamante.

Primera Linea

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