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Por: Julián Marín.

 

“En momentos de revolución deben ser a la vez virtud y terror: la virtud sin la cual el terror es funesto; el terror, sin el cual la virtud es impotente”

-Robespierre

Los profesores de nuestro país actualmente se encuentran cruzando el curso de una lucha que ha logrado mantener masividad en las calles, pero no así un eco de unión con los distintos sectores en pugna con el gobierno de Piñera. Dicha situación se ha dado en primer lugar por el rechazo a la violencia jacobina de los más radicalizados dentro del movimiento estudiantil, como así también por la completa despolitización de las demandas docentes, quienes han renunciado a la crítica sustancial, adoptando un carácter completamente gremialista y reivindicativo-monetario, antes de un cuestionamiento desde el anticapitalismo.

Y es que el rechazo generado desde el colegiado al llamado “Mochilazo”, donde parte de los mismos trabajadores se encargaron de atacar a los secundarios que se encontraban precisamente haciendo uso de la acción directa callejera, referenció el quiebre con los más radicales, en una cuestión que parece también tomar una perspectiva generacional, entre quienes comienzan a emerger disputando el carácter de la lucha en las calles, y quienes aún buscan mantener el status quo de una movilización que en la performance busca reflejar la ambición ciudadana “manos limpias” a la que nos ha querido acostumbrar la socialdemocracia frenteamplista.

En consecuencia la situación es grave, los adolescentes lanzan bombas molotov desde los techos de los liceos emblemáticos santiaguinos, en una cuestión que -más allá de los odiosos juicios de valor- representa un peligro por la manipulación de material que pone en peligro su propia integridad física, como así también los expone al cada vez más brutal accionar policial. Todo esto en una escalada donde no se ha buscado integrar políticamente a todos los sectores, sino más bien criminalizarlos. No integrar a la juventud al diálogo propio de una Comunidad Educativa es condenarlos a la marginalidad.

Asimismo, es esta marginalidad el producto -la síntesis- de la negación propia de modelos autoritarios de educación, cuestión que no ha sido cuestionada hasta el final por el gran movimiento de profesores. Su situación es similar a la de gran parte de los trabajadores chilenos, pero el movimiento no ha logrado plasmar hasta el final las ilusiones de unión que despertaron movilizaciones tales como la de los portuarios en Valparaíso, pues las ideas parecen acabarse en dinámicas ya conocidas y agotadas desde el 2011. La historia ya está leída y ni la calle despierta la ilusión de antes.

Puede ser que -nuevamente sin entrar en juicios de valor- el rechazo de la violencia también se tradujo en la demagogia y en el rechazo a lo radical. El rechazo a la capucha se tradujo en el rechazo a la barricada, y de ahí en adelante a la pérdida de sustancia y de eficacia propias de las distintas luchas históricas de la clase trabajadora chilena. Entre guitarras y el Bella Ciao -como para odiar un poquito La Casa de Papel- se perdió la única garantía que hacía temblar el status quo en un país sin respuestas: la violencia reinvindicativa en las calles y el peligro rondante del quiebre institucional.

Es decir, con no integrar la lucha de los estudiantes  y quitarles el piso en el desarrollo político de práctica antiautoritaria, los docentes solo se alejan de una fuerza auxiliar que la historia siempre ha mostrado como más que necesaria para los trabajadores -Mayo Francés- como así también separa generacionalmente los métodos de lucha. Si la juventud hoy se apropia de los métodos más radicales, nada podrán decir a futuro los más viejos cuando esta se atreva a tomar por asalto el lugar que hoy se les ha negado.

Citando a Ulrike Meinhof desde el sector más ultra de la izquierda alemana, en cuanto a la práctica histórica de los estudiantes: “Rebajar el movimiento estudiantil al nivel de una revuelta pequeño burguesa es reducirlo a las propias sobreestimaciones que lo han acompañado; es negar su origen, que es la contradicción concreta entre la ideología burguesa y la sociedad burguesa; es negar el nivel teórico, con el conocimiento de sus forzosas limitaciones, que ya ha alcanzado su protesta anticapitalista”.

Será la praxis la que dará la razón en lo que respecte la lucha de los profesores, y la necesidad que se presenta ante ellos: el reencantar con radicalidad a la clase trabajadora, superando por su propio ritmo la burocracia que día a día los hace más lentos y que los limita ante la posibilidad de acaudillar las más sentidas demandas populares desde su génesis: la educación.

Julián Marín

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