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La resistencia en el andar indígena dentro del mundo globalizado y neoliberal:
El caso de Chile y México.1

Por: Erika González Medina y Diego Nahuelquín Guerrero

“La América está llamada (si los que la gobiernan lo entienden) a ser el modelo de la buena
sociedad, sin más trabajo- que adaptar. Todo está hecho (en Europa especialmente). Tomen lo
bueno—dejen lo malo — imiten con juicio — y por lo que les falte inventen”
Herrera citando a Rodríguez, 2003

La propuesta de este ensayo será plantear la discusión sobre cómo los pueblos originarios
han tenido que incluir dentro de su organización cotidiana, otro aspecto de política y de
resistencia que haga frente a las contradicciones que el Estado neoliberal imprime sobre
sus territorios y cultura.

Damos como supuesto que los pueblos originarios han tenido históricamente un carácter
específico e identitario que engloba la participación dentro de sus comunidades, es decir,
desde el ámbito político, económico, cultural y social. Sin embargo creemos que a partir del
auge de una política cada vez más extractivista, éstos han tenido que desarrollar nuevas
estrategias políticas y “órganos” que les ayuden a articular su respuesta.

Este fenómeno puede ser observado en toda la extensión de América Latina, con ciertas
particularidades y dimensiones en cada territorio, sin embargo por cuestiones de interés
personal nos centraremos en el caso de Chile y su población Mapuche así como el caso
Mexicano y el Congreso Nacional Indígena (CNI). Ambos ejemplos serán abordados con el
fin de dar cuenta de la desigualdad a la que se enfrentan las culturas indígenas en un
contexto mundializado. Son casos que refuerzan las tesis de Héctor Díaz Polanco en su
texto “Diez tesis sobre Identidad, diversidad y globalización.

Como conclusiones daremos cuenta que la identidad de los pueblos originarios, se ha ido
reforzando y modificando debido a su participación política dentro de las políticas
neoliberales y la cultura de la globalización.

Dentro del marco de la globalización y el orden mundial, los pueblos originarios han sido
negados con el mito del mestizaje ya que éste supone que gracias a los procesos de
intercambio y relaciones de interculturalidad, las poblaciones dentro de los Estado-Nación
lograrían uniformidad, lo cual niega de facto sus rasgos originarios y característicos.

El propósito de crear una idea de mestizaje es bien aprovechado por la modernidad, ésta
como un proceso democratizador basándose en la presencia de la razón. Será la razón
aquella herramienta que le permite a los Estados-Nación generar un gobierno para todos
por igual basándose en que esta razón les es inherente a toda la humanidad, pero no porque estos puedan usarla de manera crítica, sino porque establece un marco social en el
cual todos se encuentra “lógicamente” contenidos.

En otras palabras, la modernidad como matriz filosófica occidental, estructura la acción
política, ya no desde una perspectiva de la dominación sino que ahora presenta a la política
como una dinámica que desarrolle las potencialidades del grueso de la humanidad. Ejemplo
de esto fueron los procesos de independencia; durante este periodo de liberación el Estado
es el órgano que al darse legitimidad como Nación, niega la existencia de otros actores
dentro de él. Aquí podríamos ver cómo el Estado con un discurso de integración en la
práctica lo que ha hecho ha sido una política de coerción contra los diversos agentes
previamente existentes, imponiendo modelos económicos y culturales provenientes de
occidente, desarrollándose de esta forma un “experimento político” con la ciudadanía
americana, instaurando de esta forma un modelo uniforme acorde al contexto mundial, que
llevará a cabo el desarrollo y sustentabilidad económica. (Herrera, 2003)

En el caso mexicano cuando la modernidad se propuso el progreso lo que en realidad pasó
fue que la brecha de desigualdad entre los grandes centros y las periferias se amplió,
ubicado en este último espacio geográficamente a nuestros pueblos originarios, ya que el
desarrollo no llegó por igual, es decir, mientras en grandes centros urbanos la globalización
satisfacía necesidades y gustos, en las comunidades indígenas este desarrollo estaba muy
lejos de cumplirse debido a la inferioridad económica, el idioma y dialecto para comunicarse
o las grandes distancias que los segregan. Sumando además el desastre ecológico que
implicaba el surgimiento de una nueva maquinaria, costo que solo lo sufren los recursos
naturales, el agua, suelo, aire y toda la diversidad de flora y fauna en los campos.

Así mismo la identidad nacional, uno de los valores más importantes dentro de este
contexto, implicaba una tendencia al racismo puesto que siendo minorías estaban excluidos
de tomar parte de la participación social. Este racismo fue impulsado por la campaña
civilizatoria, necesidad absoluta de suprimir aquello que era originario ya que al tener una
identidad con un arraigo en la tierra entorpece el desarrollo del país a base de la explotación
de los recursos.

Esta lógica cabo la tumba del sistema mundializado, el surgimiento del EZLN comienza
desde el amanecer del 1ero de enero de 1994, en Chiapas. Su grito de lucha exigía trece
cosas del gobierno mexicano: libertad, paz, justicia, tierra, salud, trabajo, educación,
vivienda, democracia, información, independencia, cultura y alimentación. Estas exigencias
fueron abrazadas por otros pueblos indígenas ubicados a lo largo del territorio nacional y
por la sociedad civil que en ese momento se solidarizó y reflejó en esta lucha. La unión tuvo
lugar en San Andrés Larráinzar, Chiapas, febrero de 1996. El fin de esta sesión era firmar
con el gobierno un acuerdo que garantizase por medio de la Constitución, el derecho a la
autonomía y al territorio. Pese a que se firmaron los acuerdos, la respuesta nunca se
materializó. Ante ese silencio, en Octubre del mismo año los pueblos organizados
decidieron formar el Congreso Nacional Indígena CNI, sede de organización de los
indígenas que defienden sus derechos y su territorio. Pero que más allá de ser una
instancia de decisión máxima, el CNI abrió la oportunidad de que los pueblos zapatistas se
organizaban con autonomía; su lema “Otro mundo es posible” se empezó a construir desde
los caracoles. No hay partidos políticos en su gobierno, la toma de decisiones cae sobre
una democracia directa, la rotatividad en sus cargos les ha permitido cumplir la orden del pueblo
mientras quien gobierna obedece. Han sembrado sus propias escuelas, la seguridad está a
cargo de ellos así como la impartición de justicia. Y lo más admirable es su economía que
recae en una producción sustentable. (Muñoz, 2003) Logrando esta independencia del
sistema capitalista es que podemos ver genuinas expresiones de arte, de socialización y de
comunicación.

Propiamente la propuesta del Congreso Nacional Indígena, reemplaza la anterior forma de
organización a la que habían estado subordinados y surgen como una respuesta planeada
por los Zapatistas ya que los imperativos de la economía mundializada propiciaban a macro
regiones destinadas a organizar el espacio económico, social, político y cultural a cargo de
nuevas instituciones con un carácter etnofagico. Los Zapatistas alcanzaron a dimensionar
que tras el discurso que en esos años se pintaba, en realidad se apuntaba a un efecto
absorbente y asimilador de la cultura nacional dominante. La estrategia que el Estado
Mexicano ha usado para la inclusión de los pueblos originarios desde el levantamiento
Zapatista, ha sido una campaña de populismo, generan programas sociales que solucionen
los problemas de marginación y pobreza -que ellos mismos agravian con sus políticas
neoliberales- así como prácticas culturales que les permitan dar a conocer y “defender” su
cultura ante el mundo entero. Pero si vemos esto desde la perspectiva de Díaz Polanco, lo
que en realidad está haciendo es “abrirle” -por no decir, arrojándoles- las puertas a las
comunidades indígenas al mundo globalizado, con el fin de que estas sirvan de sustento
para un mercado, utilizando su cultura y cosmovisión como folklore, es lo que éste
denomina como etnofagacia tanto cultural como estatal. Vemos cómo el Estado genera
políticas de reconocimiento solamente por su interés económico que lo impulsa. (Díaz
Polanco, 2011)

A pesar de estas estrategias de dominación, los pueblos indígenas han demostrado que
aman la vida y que resistir es parte de ellos y de sus múltiples alternativas de alzar la voz y
generar comunidad, hemos visto desde el levantamiento del EZLN que los pueblos han
buscado defender su identidad ampliando los espacios autónomos, como lo son los
Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (Caracoles) así como otros pueblos que
también han generado autogobierno. La conformación del CNI es directamente ejemplo de
resistencia que ponen los pueblos ante el supuesto de la globalización, nos referimos
puntualmente a la primera tesis de Héctor díaz cuando nos expone que mientras el discurso
globalizador proponía una cultura global, las diversidades salieron a defender sus
identidades, surgió como nunca antes se había visto en la historia mexicana, un organismo
que congrega a 43 pueblos indígenas de 523 comunidades diferentes. Vemos aquí
claramente lo que nuestro autor definiría como la batalla de las identidades pero sin que las
identidades indígenas pelean entre sí, sino que estas se organizan entre ellas, dialogan y
como “bloque” dan frente al Estado y al mundo globalizado.

Siguiendo esta misma lógica, se observa que de igual manera esta situación se replica en el
caso chileno, en específico con el pueblo Mapuche. Estos, en un principio participaron en
conjunto con los criollos durante el periodo de independencia de la corona española (1810),
periodo en el que fueron reconocidos por su valentía, su rápido dominio del español, por
mantenerse íntegros en su cultura y su audacia guerrera, con la cual colaboraron en los
últimos reductos españoles al sur de la Araucanía. Aunque quepa recordar que durante la
conquista, la corona española respetó al pueblo mapuche, estableciendo relaciones de
carácter diplomático, afirmándose tratados de paz en donde se la corona reconocía sus
límites territoriales y autonomía de la nación mapuche. (Herrera, 2003)

De esta forma, una vez lograda la independencia y consolidándose el estado de Chile, a
pesar de dicho proceso, el nuevo estado siguió reproduciendo el intento de “modernidad”
que trajo la corona al territorio, siguiendo la idea de que la unificación de los territorios da
pie al progreso, económicamente hablando. Es por ello, que tras muchos años de discusión
en el parlamento chileno, durante los años 1862 al 1883 se procedió a la conquista del
territorio de la Araucanía, invalidando los tratados que hasta ese entonces reconocían el
territorio como propiedad del pueblo mapuche. (ídem)

La adquisición de estos nuevos territorios condujo a que se realizaran variadas
investigaciones, de las cuales los resultados causaron interés por los recursos económicos
que estas poseían, dando paso a una nueva ola de modernización, en donde buscando
reproducir el modelo de occidente se entregaron unidades territoriales a colonos europeos,
con el fin de explotar las tierras para aportar al modelo de desarrollo del país. Esto significó
la pérdida de “terreno en el imaginario colectivo” y autonomía del pueblo originario
mapuche, el cual pasó a tomar un papel obstaculizador, por estar en contra del modelo de
desarrollo implementado por el estado; otra consecuencia generada del mismo modo fue la
reducción a una minoría indígena de los mapuches dentro del estado chileno, el cual
terminó de quitarle sus derechos culturales y por sobre todo políticos, diferenciándolos de
esta manera de los demás ciudadanos chilenos. (Herrera, 2003; Pinto, 2012)

Sin embargo, a pesar de que el pueblo mapuche constantemente alce la voz por su respeto
y recuperación de sus tierras, en la historia de Chile aún no existe un levantamiento de voz
como el que se logró en México. Ahora bien, investigadores como Pinto (2012) indican que
en los primeros años del siglo XX, impulsado por la iglesia (sacerdote Sigifredo de
Frauenhäusl) se formó el congreso de Coz Coz, llamado así por la comunidad indígena en
donde se llevó a cabo. En dicho congreso, asistieron caciques de las diferentes
comunidades mapuches y algunos periodistas -encargados de la difusión- los cuales tenían
como propósito compartir las calamidades que habían vivido hasta ese momento, por parte
de grupos de poder y agentes del estado; apoyados por los periodistas, lo dicho en este
congreso llegó a manos del estado, y la opinión pública, instalándose así en la agenda
pública. (Pinto, 2012)

Se podría decir, que desde aquel primer llamado de atención por parte del pueblo mapuche
a los agentes políticos de aquel entonces, como tema constantemente contingente en la
agenda pública, el estado a buscado integrar al pueblo mapuche a través de políticas
públicas, en temas referentes a recuperación cultural, educación intercultural y lengua; a lo
que el pueblo mapuche se ha visto dividido entre quienes reciben lo que les otorga el estado
y quienes reniegan a aquello, argumentando que a través de estas políticas se sigue
ejerciendo la lógica de dominio, silencio y de minorización a esta etnia.

Otro punto que el estado a tocado en sus políticas públicas ha sido el de la recuperación de
las tierras, que en este momento en la Araucanía se encuentran en manos de gran
forestales. Ante ello, como respuesta al modelo neoliberal impuesto en la dictadura de
Augusto Pinochet (1973-1990), se forma el Consejo de todas las tierras o “Aukiñ Wallmapu
Ngulam”, la cual se instala como una organización mapuche que pretende establecer el
diálogo entre el estado de Chile y el pueblo redimido, debido a las repartición y división de
tierras ancestrales. (Mariman, 1995)

Sin embargo, autores como Mariman (1995) -entre una de las críticas que realiza a la
organización- indica que el Consejo de todas las tierras se reduce más bien a una
representación política que genera controversia entre lo que defiende como identidad
mapuche y en su forma de organización, ya que esta última reproduce la lógica occidental
de estructura que nada tiene que ver con la cultura mapuche, en la cual cada wallmapu
tiene su organización propia. Para situar un ejemplo de su argumento, el autor se refiere a
las proposiciones políticas, en donde indica que algunas comunidades esperaban que el
estado asigne un Título de merced al cacique, el cual al momento de fallecer dejaba el
puesto vacante, siendo el predecesor nombrado “cacique heredero”, quien quedaba
invalidado debido a que no poseía el título de merced correspondiente. (Mariman, 1995)

De este modo, tomando la lógica de las identidades de Díaz Polanco (año), se infiere que el
estado chileno irrumpe incluso en la identidad -que busca consolidar el pueblo mapuche- al
desmoronar lo que defiende este pueblo al tratar de recuperar su autonomía territorial y al
imponer el modelo neoliberal tanto en la economía como en la educación, ya que de esta
forma las comunidades mapuches se ven obligadas a occidentalizar la educación de los
niños indígenas debido a que las prácticas de educación mapuche son consideradas como
informales y obliga a estos a asistir a colegios normados, mientras que el modelo se
sustentabilidad mapuche que además de producir para la subsistencia de la comunidad y
otorgarle un significado ancestral, no reproduce la lógica de economía neoliberal de
explotación de los recursos en función del desarrollo económico y mercado. (Díaz Polanco,
2011; Herrera, 2003; Mariman, 1995)

Al realizar una analogía a ambos casos presentados, se puede decir que el lema zapatista
de construir un mundo donde quepan muchos mundos, reconoce que la multiplicidad del
mundo es necesaria, posición contraria a la homogeneización de un mundo globalizado,
este proceso de defender las identidades sirve como antídoto frente a los procesos de
globalización. Pero hablamos de una identidad negada, de una rebelión hecha por los
olvidados por la modernidad, sin rostro y por lo tanto la voz se convierte en la principal
arma, encontramos en el zapatismo el discurso de aquellos que no tienen que cara que
frente al capitalismo y su cultura de masas. Los pueblos indígenas en méxico han
atravesado ya las tres etapas de inclusión,“liberal e imparcial” punto que como ya
mencionamos detonó la resistencia en el 94, cuando el Estado entró a la etapa “consenso
consciente” la respuesta fue la creación del CNI y ahora en esta supuesta “neutralidad del
poder” se lanzó la candidatura independiente para demostrar como dentro de su concepción
de democracia sigue dominando el mal gobierno y sus únicos partidos políticos. Esta
persistencia identitaria es lo que caracteriza al movimiento indígena.

Un hecho es claro, desde el levantamiento en 94, los pueblos originarios han hecho visible
su existencia, condiciones y demandas, situación que al gobierno mexicano desconcierta
porque los movimientos indígenas, no son cualquier movimiento, sino unos que dentro de
su utopía incluyen modificar la relación de subordinación en que los mantiene el gobierno y
la sociedad capitalista, además de su transformación de los espacios de participación en la
vida política del país, al tiempo que amplía las vías para hacerlo, incluyendo las suyas pero
al mismo tiempo dando origen a nuevas demandas, que impactan de diferentes niveles a la
estructura social (Bárcenas, 2005)

Además, se interpreta que en Chile, el pueblo mapuche también se resiste a la
homogeneización cultural que produce la globalización, ya que a pesar de que muchas
veces el mapuche sea silenciado, sigue siempre firme a sus convicciones, defendiendo lo
que muchos consideran indefendible, esperanzados de que en algún momento el estado
chileno le devuelva las tierras que muchos años atrás se le fueron usurpadas, ya sea desde
el propio estado o así como también por las elites que se aprovechaban de la
desalfabetización de los mapuches, ocasionándoles malos tratos y trueques que solo
beneficiaban al winka. (Herrera, 2003; Pinto, 2012)

En la actualidad, pese a la “desorganización” de las diferentes comunidades indígenas, el
grito de auxilio por la represión del estado convoca no solo al pueblo mapuche, sino también
a los chilenos que debido al fenómeno de la globalización se hacen parte de la identidad de
este pueblo, realizando manifestaciones sociales, intervenciones ciudadanas e incluso
paralizando las actividades cotidianas para visibilizar las demandas que por años el pueblo
mapuche le ha realizado al estado y que hasta los días de hoy no existe una solución
satisfactoria. De esta manera, el pueblo mapuche deja de ser la minoría étnica que el
estado en un principio quiso lograr, haciéndose más visible que nunca, aún sin tener una
representación política como tal y sin establecer un parlamento propio que los una en su
totalidad. (Aninat, 2016; Díaz Polanco, 2011; Herrera, 2003; Mariman,1995; Pinto, 2012)
Bibliografía:
Aninat, I. (2016). Representación Indígena en el Congreso. Centro de Estudios Públicos
(CEP).
Bárcenas, F. (2005). Los Movimientos Indígenas en México: Rostros y Caminos. Centro de
orientación y asesorías a Pueblos Indígenas, 1-23.
Díaz Polanco, H. (1996). Autonomía Regional: la autodeterminación de los pueblos indios.
México D.f: Siglo XXI.
Díaz Polanco, H. (2011). Diez tesis sobre identidad, diversidad y globalización. Justicia y
diversidad en América Latina: Pueblos indígenas ante la globalización, 37-61.
Herrera, F. (2003). El discurso de la Modernidad y el reclamo Mapuche. Cyber Humanitatis
N°27.
Mariman, J. (Abril de 1995). La Organización mapuche Aukiñ Wallmapu Ngulam. Denver,
U.S.A.
Muñoz Ramírez, G. (2003). EZLN. 20 y 10, El fuego y la Palabra. Rebeldía, La Jornada.
Pinto Rodríguez, J. (2012). El conflicto Estado-Pueblo Mapuche, 1900-1960. Revista
Universum Nº27 Vol.1,, 167-189.

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