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Por Alexis Polo

 

¿Qué es lo primero que se le viene a la cabeza cuando le digo Frente Patriótico Manuel Rodríguez?

TF: Todos ellos son unos héroes, tremendos héroes, los que dieron la vida y muchos de los que anda por ahí. A mí siempre me preguntan si estoy orgullosa de él, y hasta hace poco, yo decía que cambiaba el orgullo por la rabia, por las ganas de tenerlo, no me interesaba el orgullo, pero ahora en realidad ya me doy cuenta que sí tengo orgullo de lo que hizo, de lo que fue, puesto que no  tenía ninguna necesidad personal ni familiar de hacer todo lo que hizo para sacar adelante esta organización.

Él vivió 30 años y prácticamente la mitad de su vida estuvo clandestino…

TF: Sí, yo lo hayo increíble. Me parece demasiado triste vivir 30 años, ahora serían 60 años. Estos 30 años que se perdió de vivir, de ver las cosas lindas, de ver el cielo, de ver las flores, de ver a su hija, de ver a sus nietos. En este momento tendría 3 nietos que no pudo disfrutar, han sido 30 años duros sin él.

¿Cuál es la importancia de que la gente conozca la historia de Raúl Pellegrin? ¿Qué la llevó a usted a escribir un libro sobre su hijo?

TF: En primer lugar, es en referencia al proceso de Raúl y cómo desde muy pequeño se transformó en un líder, a medida en que avanzas en el libro – Mi hijo Raúl Pellegrin –  te das cuenta de todo el potencial intelectual y físico, por ejemplo, era exagerado para practicar deporte, fue campeón de natación a los 12 años. Todo lo que él hacía tenía que ser perfecto y era muy, muy exigente. Un poco callado a mi gusto, yo siento que faltaron tantas conversaciones que no tuve con él, siento que pensaba que “a la mamá no hay que contarle”, porque la mamá se preocupa, pero ya pasado esa época, me imagino yo, es a la mamá la pueden tomar y la van a torturar. Yo siento que fue una medida de protección para mí. ¿Por qué no tengo ninguna conversación con él? O sea, dos veces lo vi cuando estaba en Santiago. Una vez, fue cuando pasó con una camioneta, tocó el timbre de mi casa y se fue despacito. Salí corriendo a la calle y lo alcancé porque me imaginé que era él y ahí me subí y nos dimos unas vueltas por la manzana, como media hora dando vuelta, dando vuelta, dando vuelta. Y no me contaba nada, sino que era él quien me preguntaba a mí por las personas de la familia, por la Carla, por la Andrea, por todos, los primos, los de allá, su papá, su papá. No me dejó que le preguntara nada. Y las manos, yo te lo cuento porque lo que más me gusta son las manos de los que quiero. Yo no dejaba que él hiciera los cambios porque tenía esa mano tomada. Esa fue la primera vez que lo vi, y la segunda fue un tiempo después, en un Unimarc por aquí cerca, pero nosotros no vivíamos aquí, vivíamos en otra calle. Llegó caminando, nos dijo juntémonos caminando y nos juntamos los tres con la Carla. Dimos la vuelta a la manzana conversando, nos contó que se iba a Alemania y que no lo íbamos a ver por un tiempo, y esa fue la última vez que lo vi. A los días de eso pasó lo de los Queñes, llegaron los periodistas a golpearme la puerta de la casa.

Volviendo un poco atrás, a los primeros años de Raúl, ¿Cómo recuerda ese momento en que él les dice que ya no se llama Raúl Pellegrin, sino que se llama Alejandro Pellegrin?

TF: Yo no pensé que tenía que ver con algo político, jamás. Sino que él quería desprenderse del personaje y la historia de su padre. Mi marido era un hombre muy inteligente, brillante y políticamente muy activo. Bueno, yo también era muy activa. Ahora estamos terminando un libro que él dejó escrito, han pasado más de 20 años y yo lo había olvidado. Y ahora ya lo tenemos con su máquina, con su computador desde donde trabajaba. Antes no existía este muro y ahí escribía en su computador porque estaba enfermo y ese libro se lo envíe a Miguel Lawner, amigo nuestro, arquitecto y, además, es un tremendo hombre que sigue haciendo muchísimas cosas buenas y se lo mandé y me contesta él que, ¿cuándo aprendió el Raúl Pellegrin –es mi marido– esto, de dónde lo sacó, qué es lo que hizo, cómo lo hizo? Así que ahí podrás leer ese libro cuando lo publiquemos.

¿Cómo recuerda el exilio en Alemania, el viaje de Raúl a Francia?

TF: como te lo había mencionado, distante, muy distante a mí. Esa adolescencia pesada de los cabros, eso es lo que yo recuerdo. No me hablaba mucho. Después de lo de Francia, en donde él intentó inscribirse a un curso por correspondencia porque le faltaba medio año para terminar la enseñanza media. Entonces él se encerraba en su pieza, estábamos en Frankfurt, una ciudad alemana fría, horrible, toda la gente un poco osca. Uno no sentía ese ambiente al que estamos acostumbrados, en donde nos acercamos a los demás. Era muy dura la vida, para él también. Yo creo que incluso él llegó a deprimirse, pero al mismo tiempo organizaba a los jóvenes, al conjunto y en ese período fue recibido en su curso de correspondencia en Francia, entonces él se encerraba en su pieza, a la 1 salía a almorzar con nosotros, no hablábamos mucho y después se volvía a encerrar hasta las 5, puesto que después salía y ahí organizaron la Jota, el Conjunto Víctor Jara. En ese tiempo él tenía 17 años.

¿Qué pasa cuando llegan a Cuba y usted lo fue a inscribir para que estudiara ingeniería en la universidad?

TF: Casi me muero. Yo llegué a Cuba y empecé a inscribirlos a los tres, cada uno en el lugar que correspondía. Yo me sentía segura en la Habana porque nosotros habíamos vivido 4 años ahí en los primeros años de la revolución. Tenía mucha gente conocida y ahí me dediqué a inscribirlos. Bueno, acá también a los niños los inscribe la mamá hasta entrar a la universidad. A él lo inscribí en la escuela de ingeniería en la ciudad de la Habana, no fue fácil, pero quedó. La Carla entró al colegio, la Andrea a la escuela de periodismo y él, nada po. Yo decía “¿y este no piensa entrar a clases?” y un domingo estábamos en un hotelito donde nos estábamos quedando hasta que encontráramos una casa, y él entra al baño y cuando sale estaba vestido de militar. Yo creo que no me morí en ese momento porque todavía era muy joven. Fue una impresión tremenda, terrible, terrible. Me tuve que ir para otra pieza para llorar tranquila. Me dio un terror, un pánico, no me había imaginado nunca que mi hijo iba a ser militar. Yo estaba segura, ingeniero, ingeniero iba a ser él, según yo.

Posterior a esto, ¿Cómo vivieron los años siguientes, lo de Nicaragua?

TF: Lo de Nicaragua fue sorpresivo. Bueno, ahí estaban becados, pasaban la semana al interior de la Escuela Militar Antonio Maceo, llegaba algunos fines de semanas y otros no, puesto que tenía guardia. Como te digo, hablaba conmigo poquísimo y, además, yo era la cocinera po. Por eso esta casa es así, cocina y comedor juntos. Bueno, allá estaba la cocina separadísima del comedor, como la mayoría de las casas y antes también era así aquí. Entonces yo no escuchaba nada, estaban todos sentados en el comedor conversando y, seguramente, algo hablarían y yo no me enteraba. Ahí no sabía nada del futuro, de lo que iban hacer, yo nunca supe nada. Yo no me imaginé jamás que iba a suceder todo esto.

¿Y cuándo él volvió a Chile?

TF: De que se vino a Chile sí supe, pero él me dijo que se iba a la Unión Soviética porque estaba invitado a no sé qué. Todo conmigo fue así. Era una sobreprotección tremenda, a mí me indignaba, pero la entendí. Pero esa era una sensación que yo tenía, “cabro adolescente mañoso”, pensaba yo. Pura protección no más. Se fue y él llegó antes que nosotros aquí, no sé cómo, ni por dónde, ni nada. Aquí no supimos nada durante muchos días, de repente llegó una niña y nos dijo que lo había visto, que él estaba muy bien, que nos enviaba cariños y que quería saber el número de teléfono nuestro y posterior a eso nos llamó una vez o dos veces. Con esa niña nos encontramos en la calle, por casualidad. Me saqué el reloj y se lo pasé por si acaso servía para algo. Estaba preocupada, dónde come, dónde saca plata, uno no sabe nada po.

En ese tiempo no sabía que Raúl era miembro de la Dirección Nacional…

TF: No, no lo supe nunca. Yo allá cuando me di cuenta que estaban organizados…. Organizados, pero no para esto, yo me imaginaba una célula como las del Partido Comunista. Pero yo sabía que no estaba ganando plata, con qué plata se venía ni que se venía tampoco.

Cuando vio las primeras acciones del Frente, ¿Jamás pensó que Raúl estaba involucrado?

TF: No, nunca lo pensé, pero sabes qué, el primer apagón que nos tocó, ahí si me di cuenta. Me dio como… ahí lo toqué, digamos. El apagón me unió a él, pero no pensé que él fuera el jefe, no, no, nunca lo pensé.

¿Cómo recuerda los últimos días de octubre del año 88?

TF: Yo me negué, yo me lo negué a mí misma. No, no, él estaba en Alemania, él me dijo que estaba en Alemania. Porque como te decía, esa vez que lo vimos, la última vez que lo vimos en esa vuelta a la manzana donde está el Unimarc, él nos dijo que no iba a estar unos días porque se iba a Alemania. Entonces yo pensé Alemania, puesto que ahí teníamos gente conocida. Entonces cuando pasan, no sé cuántos días, y llegan unos periodistas a mí casa de Puerto de Palos, y me dicen, “aquí es la casa de él que apareció en el Tinguiririca”, qué le digo yo, cómo se le ocurre, si mi hijo está en Alemania. “No”, me dice. No, no sino y váyanse, yo no les voy a dar entrevista, no les voy a dar nada, cómo se les ocurre si mi hijo está en Alemania. En eso llamo a mi marido por teléfono y le explico la situación y me dice que lo espere, que él tampoco sabe nada. Llega y ahí empieza la cosa terrible. Yo lo negaba, y fíjate que venía gente y se sentaba ahí, tanta visita por qué, ahí estaba loca. Yo no entendía y no, no más y lo negué muchas veces.

Casi me volví loca, casi me volví loca. Yo no sé cómo no estoy loca, pero estoy media te fijas. Me noto media loca. Bueno, entonces ahí salí para afuera y había mucha gente. Estaba la Julieta Campusano, no debes ni conocerla. Julieta, en ese tiempo, era parte de la Dirección del Partido Comunista de Chile. La Julieta Campusano era una senadora, después de llevar una vida entera entregada al Partido, ella no quiso hacerse una quimioterapia cuando le dio un cáncer, porque estaba desilusionada de la dirección del partido y ella era parte de la dirección del partido. Se sentía traicionada, nos dijo a Raúl y a mí, porque cuando murió Raulito fuimos a su casa, ya que teníamos confianza con ella y le digo, pero el partido por qué no apoyó esto. Yo no sabía de la división ni de ninguna cosa, entonces ella nos contestó. Ella era una tremenda mujer, como muchos militantes que entregaron la vida entera por el partido. Me dijo, sabes, no los puedo ayudar, me queda grande el poncho. Esa fue la frase, me queda grande el poncho. Y estaba lleno de gente que antes, para mí, eran muy importantes, pero por qué hay tanta gente, yo todavía no lo entendía. No lo incorporé ni en el cementerio. En el funeral habían unos cabros gritando cosas, todas esas cosas que se gritan y que tú sabes. Yo no podía entender que eso fuera para él, no lo podía entender. Y se dan vuelta unos muchachos, como de tu edad, pero bien parecido, con el pelo negro y me dice “la felicito compañera madre”. De qué me felicitas, le digo yo. De qué me felicitas. Y me dice, no recuerdo qué me dice, pero yo no tenía orgullo, yo tenía pena, no quiero esto y ahí empecé a llorar. No podía entender que me felicitaran, compañera madre, cómo me iban a felicitar si estaba muerto.

Y 30 años después, ¿Qué piensa de esas felicitaciones?

TF: Qué hermosos muchachos, qué lindo que le digan a una cosas así, ellos pensaron que era una cosa bien positiva que me estaban diciendo, y claro, es bien positiva, pero yo en ese momento te cambio el orgullo por tenerlo de nuevo.

Después de tanto tiempo, ¿Qué piensa usted del legado de Raúl Pellegrin, de lo que se hace para rescatar su legado?

TF: Me gustaría que siguiera así, que siguieran haciendo cosas. Realmente fueron buenos los cabros, que pena que se muera el jefe y se acabe todo, qué pena más grande, ya que se esforzaron tanto, son más de 60, 70 muertos.

Claro, si a esto le contamos también las muertes del MIR, nos encontramos con una generación entera que fue exterminada por luchar por la dignidad del pueblo. Mientras los torturadores y asesinos se encuentran en una cárcel 5 estrellas como lo es Punta Peuco.

¿Qué piensa usted con respecto a que la Contraloría General de la República le entregara “chipe libre” a Piñera para que pueda indultar a las personas que él quiera durante un año sin ninguna traba legal?

TF: De una injusticia y un fascismo puro. Peor no puede ser, bueno, sigue haciendo cosas peores. Aquí está el Hospital Militar y se llena de autos, porque vienen acá a unas suites y vienen los familiares a hacer fiestas.

En la misma línea, ¿qué piensa de que una persona como Álvaro Corbalán, condenado por crímenes de lesa humanidad pueda publicar y lanzar un libro libremente?

TF: Imperdonable.

Durante los Gobiernos de la Concertación no se aplicó ningún proyecto de ley que prohibiera los salvoconductos a los condenados por crímenes de lesa humanidad e incluso Michelle Bachelet no haya cerrado el penal Punta Peuco…

TF: Imperdonable también, yo a ella la conocí, éramos apoderados en el mismo colegio de los nietos, así que nos veíamos ahí y en ese lugar nos conocimos.

En la coalición anterior de gobierno, se encontraba el Partido Comunista, en el cual Raúl militó varios años, ¿qué le parece que no hayan hecho nada para condenar, y garantizar sus condenas, a los criminales de lesa humanidad?

TF: Imperdonable, todo lo que ha hecho el Partido Comunista ha sido hundiéndose, hundiéndose en el barro, en el lodo más horrible y los mismos que están de diputados, a todos esos, que los conocí porque les fui a hacer entrevistas, a Teillier, por ejemplo, y me mentía, porque cuando estábamos hablando él me decía que eran amigo de Raúl, que se conocían bien y eso no fue así. No está toda la entrevista en el libro que escribí, la entrevista la tengo en un CD, no la puse toda porque me daba vergüenza ponerlo.

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